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Irse a vivir a otro país, otro desafío para una mamá

 
 
 
Foto: OHLALÁ!  / Mili Conzi

Hola a todas! Prometo que pronto voy a volver a escribir. ¿les gustó mi relato de parto del viernes? Ya hablaremos más acerca de mi doble maternidad. Pero por ahora les dejo otro testimonio, esta vez de Mili Conzi, mamá de Juan, que tuvo que enfrentar el desafío de partir hacia otro país (a una ciudad divina, Lexington, en Estados Unidos) y rearmar toda su rutina familiar allí. Las dejo con MIli:

"Llego a casa después de un día muy largo. Tengo las bolsas de supermercado en una mano y las cuentas de luz y agua en otra. La cocina tiene, todavía, los platos sucios de la noche anterior. Quedó la ropa mojada adentro del lavarropas, ni sé desde cuándo. Las hortensias en el balcón están secas, aunque se puede ver, entre las hojas marrones, un pimpollo verde. Llego a casa y siento, por primera vez en muchos meses, un hogar.

Esta es una historia mínima, pero refleja el desafío de todos los expatriados: partir y dejar atrás el terruño. Son historias ligadas al desarraigo y la nostalgia, pero también son historias sobre echar raíces y hacer hogar.

Hace diez meses nos tocó a nosotros. Dejamos Buenos Aires, el barrio de nuestra infancia, el de nuestra escuela y el de los amigos de siempre. Treinta años es toda nuestra vida y la vivimos ahí, en el campo y también en la ciudad, donde los domingos tienen aroma al pan casero de mamá y las mesas son ruidosas y revoltosas. Dejamos Buenos Aires, la ciudad donde la gente te pega un abrazo sin dudarlo y te comparte un mate sin conocerte. El lugar donde me casé y donde nació mi primer hijo.

 
Foto: OHLALÁ!  / Mili Conzi

Llegamos al verano tibio y húmedo de Lexington, la ciudad de los caballos pura sangre, el bourbon y el bluegrass, en el centro este de Kentucky, Estados Unidos. Una ciudad monotemática, pero apasionada, donde su tradición equina se celebra los 365 días del año y se manifiesta en cada símbolo y en cada rincón. Pero llegamos, también, a la ciudad donde la gente no se saluda con un beso y donde los domingos poco tienen de familiar.

Durante un mes fuimos turistas en una ciudad ajena. Ya tenía experiencia en esto de ser rodantista e ir con la "casa a cuestas", por los viajes anuales en motorhome con mi familia, pero poco tenía que ver esto con aquellos viajes de aventura y placer. Estábamos en otro país, uno que teníamos que empezar a sentir como propio mientras vivíamos en hoteles y caminábamos sus calles mirando el GPS.

Después de una larga búsqueda, alquilamos un departamento al sur de la ciudad. Compramos algunos muebles y contratamos los servicios básicos. Ubicamos las valijas debajo de la cama, clasificamos ropa de invierno y verano y ordenamos todos los roperos. Sin darnos cuenta, estábamos "haciendo hogar".

 
Foto: OHLALÁ!  / Mili Conzi

A los pocos meses encontramos jardín de infantes y mi hijo de dos años nos dio la mejor lección de todas: se animó a articular sus emociones con este otro mundo y llenó ese espacio invisible entre lo propio y lo ajeno. Creó lazos con personas que le hablaban en otro idioma y tejió redes con esta otra cultura. En el jardín de infantes es Juani, "oani" para los que todavía les cuesta pronunciar la "j". Es el argentino que llega con bombachas de campo y una mochila más grande que él, el fanático de la peanut butter y el dulce de leche, el que dice los colores en inglés y los animales en español. El que llega llorando, pero el que nunca se quiere ir.

Si hay algo que aprendí durante aquella transición, en la que dejaba de ser una turista itinerante para empezar, de una vez por todas, a poner "flores sobre la mesa", es que el hogar no lo hace ni la geografía ni las paredes que te rodean. Hoy, después de partir, "partirme", aprender a soltar, ¿y saltar?, siento este lugar como mi hogar. Porque no se trata de vivir acá o allá, en una casa con jardín o en un monoambiente.

Hoy tengo un buzón de correo en la entrada de casa y los abrigos cuelgan de un percherito que compré en el supermercado de enfrente. Tengo hortensias celestes y margaritas blancas en el balcón. Hacer hogar es imprimir tu impronta, tu estilo y tus aromas. Es encender una vela, poner una manta suavecita al pie de la cama, colgar un lindo cuadro o, incluso, pegar con cinta scotch esa lámina que compraste en la calle. Es dormir largas siestas en el sillón los sábados por la tarde o comer pizza en la cama los domingos por la noche. Es crear momentos y compartirlos en familia, es recibir y disfrutar con amigos. Hacer hogar es vivir tu hogar.

 
Foto: OHLALÁ!  / Mili Conzi

En esto de hacer hogar también tuvimos que apropiarnos de la ciudad y sus escenarios, de sus costumbres y tradiciones. Adaptamos su cultura a la nuestra y no al revés. Y ahí está la clave, conservar tu identidad, pero también apropiarse de lo "otro". Y así nos pueden encontrar en la plaza un domingo por la tarde, con mate amargo y soft pretzels en mano, una galleta típica de acá con un sabor muy parecido a las medialunas de allá.

Ahora entiendo a mi hermana, también expatriada, cuando me dice: "Partir es morir un poco". Dejamos atrás todo eso que nos hacía ser quiénes somos. Nuestra familia, los amigos, el terruño. Pero aquellas historias de nostalgia y desarraigo tienen su revés: partir es morir un poco, pero también es renacer. Echamos raíces, hicimos hogar, nos apropiamos de la ciudad, de su cultura, y la hicimos bien nuestra. Somos Buenos Aires, pero también somos Lexington.

Con nuestro nuevo hogar, dejé de ser aquella turista itinerante. Hoy, vuelvo a poner flores sobre la mesa, y qué bien se siente".

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