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¿Por qué idealizamos tanto? Sobre la belleza de lo real y otros tesoros

 
 

"Me cansé. No quiero un amor mediocre", sentenció mi amiga, decidida.

Ella había invertido muchas horas, muchos días y mucho pensamiento en un hombre que jamás iba a poder darle lo que tanto anhelaba. Creo que sabía cómo eran las cosas desde el comienzo, pero no se había rendido a esa idea de un cambio radical de sentimientos y actitudes por parte de él; un cambio que la condujera hacia un amor posible. Sin embargo, finalmente, todas las cartas se destaparon sin filtros y la historia llegó a su fin.

¿Quién quiere un amor mediocre? Nadie, supongo yo y, sin embargo, en algún momento toca vivirlo; en especial, cuando deseamos que la persona que tenemos enfrente deje de ser quien es.

Durante estos días me estuve preguntando por qué idealizamos tanto, no sólo en el amor, también con la familia, los amigos y el trabajo. Está tan naturalizado en nuestro comportamiento eso de construir castillitos de arena imaginarios que, al poco tiempo, las olas se encargan de derribar en un segundo. Adornamos personas y situaciones como si fueran arbolitos de Navidad, adjudicándoles rasgos ideales que no tienen por naturaleza y que, al final de la estación encantada, desaparecen.

 
Foto: ZHena

No obstante, lo que más me llama la atención y me despierta interrogantes no es nuestra capacidad de idealizar, sino nuestra capacidad de idealizarnos.

Idealizarnos como si fuéramos dioses especiales y tuviéramos fórmulas secretas muy nuestras, escondidas en un jardín al cual sólo nosotros accedemos con llave ingreso exclusiva. En nuestro imaginario creemos que poseemos las claves para modificar el comportamiento de un rebelde, conectar con las emociones al insensible, volver pacífico al violento, destrabar al fóbico al compromiso y hasta esa fórmula que sirve para cambiar los pensamientos sistematizados de los rutinarios y los fundamentalistas. Seamos sinceros: ¿quién no sintió que tenía ese poder y no cayó en el clásico "conmigo va a ser diferente"?

Pero es un jardín imaginario. Esas fórmulas no funcionan.

Para lo que sigue les dejo este bellísimo tema:



Mi experiencia me demostró que todos, pero todos, podemos cambiar, ser mejores, evolucionar hacia lugares luminosos de nuestro ser, pero que cada uno debe aplicarlo para sí mismo. Forzar a otra persona a ser lo que no quiere o puede en el momento, no debería formar parte de nuestro rol en la vida.

Por eso, creo que si nos quedamos con una persona, o en un trabajo, o en cualquier contexto en donde las bases están arraigadas de manera rotunda y, a pesar de ello, lo damos todo y esperamos un cambio que nunca llega... entonces, tal vez, deberíamos asumir nuestras propias responsabilidades, entender que quizás eso forma parte de nuestra propia manía de pecar de soberbios y adjudicarnos rasgos únicos en su especie capaces de modificar esencias, voluntades, sensaciones, escollos y sentimientos ajenos.

Tal vez, sea hora de dejar de lado ese rol de Mujer Maravilla (o Superman), capaces de arreglar los problemas externos, los males que no son propios y los conflictos del alma que no nos pertenecen, y empezar a mirarnos hacia adentro, preguntarnos quiénes estamos siendo nosotros, y atendernos.

Quizás, sea hora de asumir nuestros propios errores, porque un amor, un trabajo o, en fin, cualquier situación en donde estemos involucrados, se nos vuelve mediocre también por nuestra propia participación. En ese acto de darlo todo, de idealizarnos superpoderosos, de creer que podemos cambiar lo ajeno a nuestra voluntad, allí, creo que nos topamos inevitablemente con un muro y caemos desgastados. Entonces, nos vamos al otro extremo y abandonamos todo esfuerzo; y ante el otro, que también nos había idealizado, caen nuestros propios velos.

Esto último me está pasando en el trabajo, por ejemplo. Hay bases, formas, actitudes allí que no van con mi persona. No es que estén del todo bien o mal sus métodos, sino que simplemente no están funcionando a la par de quien soy hoy. Y esto que me pasa, me hizo dejar de insistir en encontrar otros resultados y dejé de esforzarme tanto. Creo que ellos lo perciben y están un poco desilusionados. Tal vez, me habían idealizado y ahora me encuentren algo mediocre. No lo sé. Por mi lado, entendí que no tengo que poner la culpa afuera; tengo asumir mis fallas, mejorar y moverme - como lo estoy haciendo - hacia un mejor destino.

 
Foto: Pinterest

Es una frase hecha, pero es real: el cambio empieza por uno. Y en ese cambio, sí creo que existe ese jardín mágico con fórmulas que no son imaginarias y que sirven. También estoy casi segura de que accedemos a él después de atravesar algunas curvas y contra curvas y sólo nosotros tenemos llave de acceso. Allí, hay pócimas que no son para los demás; no son para calmar al rebelde o lograr conectar con las emociones al distante desamorado. Son fórmulas que únicamente sirven para nuestro propio espíritu y que creo que si las aplicamos, podremos llegar a una muy bella versión de nuestro ser, y no a un lugar idealizado de nosotros mismos.

La realidad es que, por más que la vida me haya enseñado a no autoexigirme tanto, me doy cuenta de que todavía caigo algunas veces en esa tendencia de querer verme ideal, de creer que puedo estar para todo de la mejor manera, que puedo solucionar o cambiar situaciones ajenas. Y, una y otra vez, me doy contra la pared y termino sintiendo que estoy a medias para los demás, pero por sobre todo para mí. "Quiero dejar de verme ideal, quiero verme real", concluí en una de mis caminatas. La versión más real de mí misma es la más bella.

En definitiva, creo que con nuestra energía focalizada en mejorar nuestro propio ser, lograremos entender con mayor claridad qué es lo que estamos buscando de verdad, y cuando lo encontremos, será más sencillo aceptarlo tal como es y mostrarnos tal como somos. Sin idealización.

"Cuando no somos capaces ya de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiar nosotros mismos." Viktor Frankl

Ustedes, ¿son de idealizar mucho las situaciones y a las personas? ¿Tienen la tendencia a idealizarse y creer que pueden cambiar al otro? ¿Son de poner más energía para solucionar problemas de otros en vez de los propios? ¿No sienten, a veces, que por ese camino se desdibujan en su belleza real y pierden fuerzas para focalizarse en su propia persona y objetivos? Muchos interrogantes...

Beso,

Cari

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