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"Estoy bloqueada"; de salir de nuestra parálisis y reaccionar

 
 

El domingo pasado no pude dormir. Ni un minuto. Hace mucho que no me pasaba eso de estar toda la noche dando vueltas en la cama, sin lograr que mi cuerpo y mi mente se relajen lo suficiente como para sumergirme en esa extraña nada de los dulces sueños. En la noche oscura, los minutos corrieron veloces; alcanzar mi anhelada paz, se transformó en un desafío casi inimaginable. Ya no sabía dónde meter el brazo intruso, cómo acomodar el cuello, ni cómo hacer para frenar esas ganas de ir al baño cada dos por tres.

De pronto, pude ver el amanecer a través de la persiana. Los pájaros, recién nacidos y primaverales, ya cantaban a todo pulmón y el despertador, maldito indicador del tiempo concluido, comenzó a sonar. Entonces Diego, que estaba al lado mío, abrió sus ojos y me sonrió. Y yo, atravesada por el cansancio, por supuesto que me largué a llorar, desconsolada.

 
Foto: WordPress

"Amor linda, ¿qué pasa?", me dijo. Y, sintiéndome una niña, le expliqué que simplemente no pude dormir. "¿Por qué?", preguntó. "No quiero ir más a mi trabajo. Ya no quiero. Siempre me gustó, pero ya no. Me dio tanto, aprendí tanto y agradezco tanto de él... Me siento una tonta, una desagradecida, pero me pasa. Ya no tengo la sensación de que me aporte nada; es como que llegué al límite y creo que es tiempo de dar vuelta la página y seguir por otro camino, uno más independiente. Pero estoy un poco bloqueada y tengo mucho miedo."

Después de llorar y expresar en voz alta mis emociones y preocupaciones, me sentí instantáneamente mucho mejor. "Sabés", le dije, "mientras pasaban las horas, me imaginé el plan A, B, C y hasta D de cómo dar el salto hacia otra realidad laboral. A esta altura, la vida se desliza tan rápido, que ya no quiero paralizarme y caer en días de insomnio. Me hace muy mal y no estoy como para incorporarlo como parte de mi realidad, ni taparlo hasta dejar de ver lo que pasa en el fondo."

Para lo que sigue, comparto este tema hermosísimo de un artista que ya dije que admiro mucho y que la semana pasada dejó este mundo. Buen viaje:



A la noche siguiente, pude dormir pero tuve una pesadilla. Estaba con mi hermano mayor en una casa desconocida y una nube negra, densísima, se posó sobre ese hogar. Miré hacia el cielo y pude verla formar un remolino huracanado cargado de rayos descontrolados. Las líneas y flashes eléctricos relampagueaban incansables y, de pronto, uno de esos rayos cayó sobre el jardín, delante de mis ojos. Quedé totalmente paralizada y no pude moverme ni un centímetro. Mis palmas estaban apoyadas sobre los ventanales y, en un microsegundo, todos los vidrios estallaron. Me desperté sobresaltada y fui alternando la vigilia y el sueño mientras mi cabeza, en un estado de divagación absoluta, se preguntaba si existen trajes para rayos, para resistir las tormentas. Por suerte, mi cerebro dejó de elucubrar pavadas y me volví a dormir.

No, no quiero bloquearme y dejarme aniquilar por la tormenta. Quiero hacerle frente, desafiarla y avanzar. Quiero avanzar, porque cuando me paralizo, el mal tiempo se vuelve tan denso, que parece y se hace eterno; pero yo sé que en otros horizontes hay luz y hay sol. ¿Entonces, por qué elegiría acurrucarme dentro de la tempestad?

Al día siguiente, abrí una página al azar de una agenda 2018 que llegó a la editorial y mis ojos aterrizaron sobre una frase de Albert Camus que decía: "En las profundidades del invierno, finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible."

Una vez más, recordé mis inviernos en el alma, mis parálisis y mis bloqueos existenciales. Pero al segundo y ante mí, surgieron también mis reacciones, mis develaciones, y mis fuerzas para animarme a salir de mi refugio, pararme, hacerle frente a los demonios y avanzar. Es cierto que en muchas ocasiones me tomó demasiado tiempo, pero más cierto aún es que había logrado vencer varias veces aquella quietud y proseguir. Sí, definitivamente en mí, siempre hubo un verano invencible.

 
Foto: huffpost.com

Ante esta frase, me acordé de mis años de parálisis con mi carrera. Recordé el día en el que finalmente, después de mucho esfuerzo, había logrado rendir con éxito la última materia y sólo me quedaba la tesis. Nada más ni nada menos. Pero entonces, me bloqueé sin motivo aparente y tardé más de cinco años en presentarla. ¿Por qué? Nunca lo supe realmente, pero lo que sí sé es que usaba cualquier excusa para posponerlo. No me olvido la vez que leí de Dostoyevski, Crimen y Castigo o El jugador, ya no me acuerdo, donde uno de los personajes había estudiado toda su carrera y tampoco había presentado su trabajo final. Decía que era una forma de revelarse al sistema, de decir: tomo todo lo que el Estado me da, pero como yo quiero y no como ellos quieren, que es con un título que significa que hiciste bien las cosas; ¿qué significa un título cuando lo que vale es la práctica en la vida misma? "Tiene razón", me acuerdo que pensé, mientras seguía barriendo bajo la alfombra.

Lo cierto es que de día, entre el trabajo y las cuestiones de la vida misma, me olvidaba pero, al llegar la noche, ese fantasma de lo no concluido emergía enorme y, más que fantasma, se parecía más bien a un monstruo que me generaba ataques de angustia agotadores.

Fue ahí, en medio de la batalla con aquellos demonios, que decidí que era hora de dejar de preguntarme los para qué, dejar de ponerme excusas, dejar de pensar y pasar a hacer. Al día siguiente, le escribí a mi profesor -tutor de la tesis- y le pedí que por favor me insista todas las semanas en presentar avances. Le encantó mi súplica y así lo hizo; el verano que habita en mí emergió y, en menos tiempo de lo pensado, un feliz día terminé mi carrera.

 
Foto: LatinStock

Ese día, aprendí una gran lección. Entendí que, en el fondo, no eran tan importante los motivos por los cuales me resultaba conveniente tener o no un título en sí; pero lo que sí importaba, era la infelicidad que me causaba no tenerlo. Aprendí que, a veces, hay que dejar de pensar, justificar y entenderlo todo, y reducir las cosas al sentir. Y era simple: yo quería sentirme bien y avanzar hacia otra instancia de mi vida. Si no cerraba con esa, me iba a resultar imposible.

Con esa experiencia, descubrí que sí soy capaz de finalizar etapas pero que, para ello, es importante expresar las trabas en voz alta y pedir ayuda. Las palabras alentadoras nos comprometen y nos llenan de confianza. Y entendí también que, concluirlas bien, me aporta paz y me da fuerzas para volver a emprender, una y otra vez, nuevas travesías que me lleven por el camino certero hacia mi verdadera esencia.

Hoy es tiempo de cerrar una nueva etapa. Y, esta vez, no me llevará cinco años.

Ustedes, ¿tuvieron experiencias similares de parálisis en donde les haya costado mucho cerrar una etapa y avanzar?

Beso.

Cari

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