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Acerca de la vulnerabilidad y la autoestima. ¿Cuánto valoramos nuestra vida?

 
 

Cuando recuperes o descubras algo que alimente tu alma y te traiga alegría, encárgate de quererte lo suficiente y hazle un espacio en tu vida. (Jean Shinoda Bolen)

Al leer esta frase, muchos recuerdos, emociones y reflexiones se me vinieron a la mente, inevitables. ¿Por qué le damos tan poco lugar a aquello que nos hace feliz? ¿Por qué nos cuesta tanto detenernos a pensar qué es ese algo que realmente nos alimenta el alma? Muchas veces, conocemos nuestras pasiones y, aun así, las abandonamos; y otras tantas, ni siquiera frenamos un instante para descubrirlo. ¿Quiénes somos? ¿Qué nos reconforta? ¿Qué necesitamos para que nuestro espíritu crezca rico y fuerte? Todas preguntas básicas y que en tantos instantes de nuestra vida barremos bajo la alfombra... no vaya a ser que le escapemos a ciertas cegueras y entremos en una de esas crisis existenciales arrolladoras.

Escuchamos tanto en esta vida acerca de la importancia de la autoestima. Nos dicen por ahí, que es difícil querer si no nos queremos primero; que es imposible dar lo mejor de nosotros, si por dentro nos sentimos vacíos. Y por supuesto que tiene sentido, ¿acaso hay algo que tengamos para brindarle al mundo, si nuestro ser se convierte en una planta seca y deshidratada, sin brotes ni fuerza?

Para lo que sigue, les comparto esta canción de un cantautor que admiro mucho:



Sin embargo, no importa cuántas veces lo leamos, lo escuchemos o lo observemos; el de la autoestima, es un tema que cuesta. En mi caso, al menos, es recurrente. Y sospecho que no estoy sola en este barco; un barco gigante y con miles de recovecos y escondites; uno que, por momentos, navega seguro, plácido y sin tormentas por un océano maravilloso pero que, por otros, parece de un papel frágil y definitivamente poco apto para atravesar mares feroces.

Hace poco, estábamos con Diego viendo 13 reasons why. En la serie, los varones de la clase habían confeccionado una lista enumerando quiénes de las mujeres tenían las peores y las mejores características físicas del curso. "En mi clase lo hicieron", le conté a Diego. "Exactamente lo mismo. Y te estoy hablando de algo que pasó hace más de veinte años. Yo estaba en la lista. Era por un rasgo físico de los peores. Fue horrible."

A veces estamos tan vulnerables. Como panaderos preciosos, si nos sopla un pequeño viento, nos deshacemos por los aires. Mis padres, siempre me decían las palabras más bellas del mundo para fortalecer mi amor propio y, sin embargo, por alguna razón psicológica compleja, tuve la tendencia de grabar en mi memoria los golpes bajos. Golpes que dejan marcas difíciles de remover del alma. Bofetadas a la estima que, como terremotos, tienen replicas a lo largo de la vida y en los momentos menos esperados. Así, como esos adolescentes permeables que fuimos, de adultos, con nuestros sueños, proyectos y pasiones en mano, una palabra desalentadora nos destapa esa caja de pandora del pasado y nos pone en jaque toda nuestra seguridad y amor propio.

 
Foto: LatinStock

"¿Baja autoestima?", nos preguntó una profesora una vez, hace ya muchos años y camino a la Biblioteca Nacional. Junto con mis compañeros la miramos, extrañados. "En vez de quedarse en la vereda, bajaron a la calle para esperar cruzar. ¿Saben una cosa? La autoestima de las personas no se adivina por su belleza, sus logros deportivos, su plata, su casa o su auto; se vislumbra en el valor que le dan a su propia vida. Esperen en la vereda, arriba y con la frente en alto. No abajo, pretendiendo ganar un microsegundo y arriesgándose la vida." Desde entonces, ya casi nunca lo hago. Y, si alguna vez bajo a la calle, en seguida la recuerdo y vuelvo a subirme a la vereda.

A lo largo de los años, descubrí que el amor propio no se esconde en el autoconvencimiento. Tampoco se conquista fagocitando frases y teorías, ni se esconde en las extensas charlas sobre autoestima que podamos tener en un café. La autoestima, creo yo, florece en la acción.

La acción, ante todo, de cuidar nuestra vida. Una que es, hasta donde sabemos, la única que nos regalaron. Una acción diaria y tantas veces olvidada. Mi mala elección de pareja, mi insatisfacción laboral y mis sueños enterrados, siempre pudieron vislumbrarse en mi andar: ir distraída en el auto, no cruzar por la esquina, tomar varias copas demás, no dormir en toda la noche... Definitivamente, y como decía la profesora, mi amor propio podía leerse en la propia valoración que yo tenía acerca de lo que creía que era estar viva.

 
Foto: LatinStock

Con el amor a la vida, todo fue encontrando su sitio. Me despegué de las personas dañinas y refloté mis sueños ahogados. Claro que mi barco seguirá pasando por tormentas, pero eso está bien, porque lo reconstruí con mejor madera. Elegí dejar de darle protagonismo a las palabras destructivas y pasé a otorgarle peso y un rol central a las de aliento y amor.

Está en nosotros elegir qué ver, qué escuchar, qué tocar y qué sentir. Las burlas y los golpes bajos, son parte inevitable de la travesía. Pero, en este emocionante camino de la vida, también abundan los abrazos, las frases alentadoras, y las miradas de aquellos que nos observan con amor. Dependerá de nosotros distinguir qué es, de todo lo que nos toca absorber en este mundo, lo que más vale. ¿Nos quedaremos con lo positivo o con lo negativo?

Hoy es tiempo de amar la vida. Hay días que cuestan más que otros pero, a partir de esa elección, mis raíces están cada día más fuertes y, mis sueños, florecidos.

Ustedes, ¿se detuvieron alguna vez a pensar en el valor que le dan a su vida? ¿Sienten que la cuidan? ¿Cómo creen que su autoestima esté afectando a la realización de sus sueños?

Beso,

Cari

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