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"Quiero decirte que el amor no se encuentra fácil. Mientras estemos acá, todo tiene arreglo"

 
 

Tierra del Fuego es un lugar en el mundo extraño y majestuoso. Recuerdo que por momentos me daba la sensación de estar sumergida en una película en blanco y negro y que mis uñas rojas y mi gorrita de lana a tono, eran como piezas coloreadas sobre la fotografía. Rocas negrísimas entre la nieve, cielos nublados, viento, suelos áridos y lagos congelados. En el fin del mundo vi algunos de los paisajes más impactantes que mis ojos hayan cruzado alguna vez. Y, en ese rincón del planeta, mis emociones solían balancearse con una ciclotimia desbordante.

Trabajaba desde casa o desde algún café. Pasaban las horas y mi voz salía aún un tanto dormida; era por usarla tan poco. Allí donde vivía, Río Grande, las personas apenas sí se miraban ¡es que estaban todos tan apurados por llegar antes de que los fuertes vendavales arrasen con el poco calor que les quedaba en sus manos! Áspero, sin dudas. Fue así como un día decidí que, por más amante de la soledad que yo fuera, iba ser mejor construir un poco de contacto humano.

 
El fin del mundo.  Foto: Caina Durn

Me anoté en Pilates. Imaginé que yendo tres veces por semana a un lugar lleno de mujeres, iba a lograr entablar algún tipo de relación que me desprendiera de mi estado ermitaño. Ni el primer día, ni el segundo, ni el tercero respondieron a mis saludos. "Hola", les decía a las chicas de la recepción apenas llegaba. Ellas, en respuesta, apenas sí levantaban la vista. La profesora era tan tímida, que sus indicaciones casi que se perdían detrás de los boleros y bachatas que elegía para musicalizar las clases. Todas hacíamos ejercicios semi mudas mientras la melancolía sureña lo invadía todo. Me acuerdo de la chica de peinado y delineado gótico. Como no ser oscura sumergida en el frío de ese lugar remoto del mundo.

Tenía la opción de dejar de saludar y acoplarme a sus hábitos zombies, o insistir con mis "holas" y mi sonrisa. Elegí la segunda opción y hasta le sumé algunos besos en la mejilla, los cuales ellas recibían casi desconcertadas. Así, a las pocas semanas, comenzaron a responder a esos gestos con naturalidad y hasta con alegría. Había costado, pero lo había logrado: un pequeño espacio de pertenencia y contención. "Sí, somos muy tímidos", me explicaron después. "Acá, al sur, la mayoría viene por un tiempo. Y los que estamos hace mucho, a veces pensamos en huir. Por eso no nos encariñamos demasiado. Y aparte está este clima, viste". Al final, ya nos dábamos abrazos de bienvenida y despedida y en la clase nos reíamos a carcajadas. Hasta la chica oscura se reía junto al resto.

Para lo que sigue, les dejo este tema. Los días se van, las lunas llenas son pocas, es tiempo de amar y cuidar hoy lo que tenemos:



Este recuerdo llegó a mis pensamientos el otro día, yendo en tren, en subte y a pie en la misteriosa Buenas Aires. Ni siquiera hacía frío. Las personas ni se miraban, no veía parejas de la mano, o besos, ni abrazos. ¡Las mujeres necesitamos tanto que nuestras parejas nos besen mucho! ¿Es sólo mi impresión o la gente se besa cada vez menos acá? Porque había parejas en el tren, pero las que vi, dirigían sus miradas a su acompañante tan solo para mostrarle alguna foto de su Instagram o algo parecido. Esa escena la veo seguido. Y por eso recordé mis días en el sur, ¿cuál es nuestra excusa? ¿Por qué siento que nuestros cuerpos están cada vez más encriptados? Y no me había dado cuenta cuan fuerte era mi coraza hasta que llegó Diego y, tal como sucedió con esas mujeres en ese clima gélido del sur, después de nuestro primer contacto algo tímido, le siguió un río potente de calor y sentimientos alucinantes. Es que el amor, vital como el agua, había estado mucho tiempo contenido.

¿A qué nos estamos habituando? Como todo efecto dominó, los gritos atraen más gritos, la indiferencia, mayor lejanía y la frialdad, muros más altos y, de pronto, nos olvidamos como es acariciar mucho, abrazarse hasta fundirse e ir por la vida sonriendo porque sí. Pero lo anhelamos tanto. Desesperadamente. Y, sin embargo, lo disimulamos y casi que nos comportamos virtuales aun cuando podríamos estar tocándonos. Tan cerca pero tan lejos.

 
Foto: wpapers.com

"¿Cómo hicimos para sobrevivir tanto tiempo sin mimos?", le pregunté a Diego el otro día. Tantos abrazos verdaderos, tantas caricias sentidas, tanto amor guardado bajo llave, sin salir por años. Contenido en un freezer como para que esa abstinencia no nos haga sangrar el corazón. Y nos habituamos y hasta a veces olvidamos la carencia pero, aunque intentemos ignorarlo, esa falta se delata en nuestras caras largas, nuestro estrés continuo y nuestro maltratar.

¿Por qué no nos recetan abrazos cuando estamos estresados si todos sabemos que en el fondo hasta el día más espantoso del mundo se diluye cuando estamos estrechados con amor? Y si no tenemos a nadie que nos pueda brindar esa contención, es hora de mirar hacia horizontes nuevos y buscarlo. Y dar, porque como me pasó en Tierra del Fuego, uno puede elegir esperar recibirlo o quebrar con el patrón y comenzar a concederlo.

Porque nuestro tiempo es hoy. Porque aunque suene cliché, mañana puede llegar a ser demasiado tarde. El otro día discutimos bastante feo con Diego y mi amiga, que acaba de perder a su padre me dijo: "Solo quiero decirte que el amor no se encuentra fácil. Que mientras estamos acá, todo tiene arreglo. Hacé lo que tengas que hacer si amas a esa persona. Mirensé a los ojos, entiéndanse y acéptense."

 
Necesitamos más besos, por favor.  Foto: science.org

Sí, nuestro tiempo es hoy. Tiempo de levantar la vista y mirarnos más, tiempo de abrazarnos más, de besarnos como si no hubiera un mañana; de tomarnos un día libre para compartirlo con aquellos a quienes queremos. Es tiempo de parar un poco y respirar, de observar nuestro interior para poder ver mejor todo lo que nos rodea.

Es tiempo de dar más amor para recibirlo y de ser nosotros los provocadores de un efecto dominó positivo, uno repleto de abrazos y caricias, de palabras dulces cargadas de amor porque, como me dijeron el otro día, lo único que vale la pena es eso: el amor. El amor aunque suene cursi, redundante, no me importa. Porque es la realidad.

Empecé este blog hablando de Tierra del Fuego, el lugar que dejé hace más de dos años y medio atrás, para aventurarme a mi volver a empezar. Hoy lo cierro rememorando el mismo lugar en el mundo, maravillada y orgullosa de todo el camino recorrido. Siento que ya estoy en pie, que ya volví a empezar y que, en gran parte, fue gracias a este espacio y cada lector y lectora, que acompañaron con su propia voz o en silencio. No me voy de Oh lala, no. Pero voy a seguir desde otro espacio, porque siento que es tiempo de accionar, buscar la manera de concretar nuestros proyectos, sueños y todo ese amor que tenemos para dar; y hacerlo hoy y no otro día. Ese siento que es el verdadero desafío del ser humano en este mundo tan complejo y maravilloso. Empecemos definitivamente, ¿no?

Beso,

Cari

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