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El movimiento, una profesión

 
 
 

Cuatro hermanos en el comedor. Virginia ponía música y bailaba. Todo el tiempo. Era inevitable, tenía que bailar. Cada uno se hacía espacio a su manera. Igual fuera del living ella también bailaba todo el tiempo. Tanto que a los ocho a Virginia Leanza su mamá la llevó a una escuela de danza-teatro y a los trece entró a la Escuela Nacional de Danzas Número 2, de donde egresó como Maestra Nacional.

Después viajó. Unos cuatro meses en la Patagonia, pero no la de los siete lagos en verano. La otra, la de la costa, la ventosa. En esos pueblos fue payasa. Con un auto y una casa rodante se acercaba a los municipios a ofrecer su función. Le sirvió para llegar a distintos públicos, pero también para darse cuenta de que quería volver a la capital y arrancar la Facultad.

Salto en el tiempo. Virginia es licenciada en Composición Coreográfica en Danza Teatro, se recibió en la Universidad Nacional de las Artes. La llaman directores de teatro como Cristina Banegas para que diseñe los movimientos de los actores en escena, sean bailados o no. Esos movimientos pasaron por el Teatro Nacional Cervantes, el Solís de Montevideo y por festivales como el Iberoamericano de Teatro en Cádiz. Ella y sus movimientos recibieron dos años seguidos un reconocimiento del Premio Teatro del Mundo. Hoy es coreógrafa y asesora artística de La Guiada, una obra para recorrer el Cervantes dirigida por Gustavo Tarrío (que fue su maestro y la ayuda a ir potenciando su rol a lo largo de varias obras compartidas), y tiene en cartel Farra, que creó junto con Ana Gurbanov. Farra es, además, la tesis de licenciatura que ambas hicieron para terminar la Facultad. Con esta obra obtuvieron el apoyo Prodanza como ópera prima y ya formaron parte de varios festivales.



Farra detrás de escena. Las directoras y los actores, pasándola bien.

Los ejes de Virginia

Invitada a Tiempo de Liderazgo, Virginia nos cuenta tres aspectos que considera importantes en lo que se propone.

 

Virginia en "Lo que yo tuve", dirigida por Gustavo Tarrío.

El orden del caos.Creo que para crecer hay que darle lugar al caos y trabajarlo hasta que encuentre un orden propio, nuevo. Seguir las pistas de lo aparentemente inconexo. También, admitirse perdido. Intentar, intentar, intentar, fallar, intentar. Desapegarse de las propias ideas cuando no motorizan, aunque éstas hayan sido fuertes en un momento; probar otras formas. Saber que pueden haber mútiples intereses en la creación y que juntos pueden lugar una singularidad.

Durante un tiempo me costo unirme. Cuando empecé a hacer circo, que era payasa, me costaba integrarlo con mi parte bailarina. Cuando empecé a hacer teatro me costaba integrar mi parte bailarina y mi parte payasa. Pero a partir de algún momento empecé a darme permiso para poner en práctica la unión entre estos mundos que tampoco son tan distantes: todo tiene que ver con las artes escénicas pero es difícil porque tal vez pertenecés a un mundo pero después vas de visita a otro y es enriquecedor. Fue interesante poder entender que soy todo eso, que hay cosas que podrían no estar juntas pero en mí se juntan. Esto, a la vez, ahora es muy propio del arte porque no es que hoy hay fronteras tan definidas.

Dupla creativa. Suma tanto la posibilidad de ver junto a otro. El espacio de reflexión, de charla, de puesta en común. La importancia de escuchar, de comunicar con claridad. La oportunidad de acompañarse. Lo fértil del trabajo en equipo.

Con Ana pasó que las dos estábamos un poco en la misma; habíamos hecho otros intentos de tesis cada una por su lado y fue un poco "juntar fuerzas", asumir el compromiso de una para con la otra. Fue muy estimulante. Porque lo que uno dice le dispara cosas al otro, y viceversa. También tratar de convencer al otro de algo, ver qué pasa cuando el otro me quiere convencer a mí. Darle tiempo a algunas cosas para que decanten. Y la intuición de seguir no sabés bien por qué pero sospechás que van para un lugar enriquecedor, donde late algo. Así fue con Ana, y a eso se sumó la entrega total de los intépretes, Francisco Benvenuti y Andrés Granier. Estoy muy agradecida de este equipo. Creo que hay cosas que nos animamos a hacer porque estuvimos juntos.

Bailar deforme. Cuando uno no encuentra por dónde entrarle a las cosas, es bueno que la cabeza no mande y, en cambio, poner el cuerpo, sensibilizarlo para que reciba o genere información valiosa. Cuando intentamos demasiado pensar algo o no podemos dejar de pensar algo (de laburo o un problema con alguien), la cabeza se pone medio pesada. Una buena vía de conexión es bailar. Para concentrar la energía, poner el cuerpo, sacudirlo. El cuerpo tiene un borde, tiene un peso, es concreto. Bailar es volver a esas cosas primeras. Hay algo del desfasaje de las redes sociales y de la velocidad del pensamiento que a veces nos lleva por delante y nos deja a destiempo. Poner una música que te gusta y bailar sin que nadie te vea para conectar con el ritmo, que el movimiento entre en un tiempo. No importa qué música sea. Si tenés la cabeza quemada, bailá un rato.

Es algo que siempre hice de chica. Casa mutitudinaria y no muy grande. Yo ponía musica y bailaba en el comedor. No les daba bola. Mi mamá, además, nos hacía bailar. Ponía una cintita atada al picaporte para que hiciera de nuestra pareja y bailábamos rock.

No es que lo elegí. Siempre fue eso. En todo caso le di una forma ¡bastante deforme! Porque para mí en la danza no tiene que ganar lo formal si nos aleja de nuestra potencia; para mí es energía andando. Con la danza muy coreográfica o muy adornada mucho no conecto porque para mí la danza es el cuerpo y la energía andando. Por eso me gusta ver bailar a gente que no baila. Ahí se pone en cuestión la idea de la belleza, de lo correcto, de lo incorrecto. Y Farra habla un poco de eso, del que baila y el que no, del que canta y el que no.

La doble clave de Virginia

Virginia parece no tener miedo de dos cosas que suelen dar miedo: la locura y la estructura. La locura: el baile es mejor si es deforme, el caos tiene que tener un lugar, el desconcierto también, los bordes deben desvanecerse para que lo que se crea sea más rico. La estructura: para que una buena idea se convierta en una obra se necesita rigor y sostén en la producción, cierta forma estable de vincularse con otros, claridad para transmitir lo que internamente puede tener sentido pero que también tenga sentido para el otro.

Con esta clave doble ella mueve los hilos de su propio cuerpo y de su propia vida, y también dirige el movimiento de actores que en general no son bailarines profesionales. Esa falta de temor a combinar estructura y locura, esa clave doble, se transmite en las palabras que pueden describir a Farra. Mientras que en el ámbito académico, la tesis de licenciatura de Virginia y Ana se tituló "La potencia escénica y creativa del movimiento no especializado en danza en la obra Farra", la descripción para el público que va a verla al Excéntrico de la 18 es tan distinta: "Farra es una canción de bienvenida, un falso recuerdo, una danza frenética, una canción que nadie baila, las ganas contenidas, la ilusión, un eclipse total del corazón".



Bonnie Tyler, Ecplise total del corazón

Mercedes

liderazgo@mododelta.com

¿Te animaste alguna vez a darle lugar al caos hasta que lograras, a partir de él, cierto orden? ¿Trabajaste con otra personas buscando crear juntos? ¿Probaste ponerte a bailar para sacarle tanto peso a la cabeza?

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