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Compañeras

 
 

Silvia Gómez Giusto, Paula Marull y Paula Manzone son tres actrices/directoras/dramaturgas que se conocieron como compañeras del taller de dramaturgia de Javier Daulte y se eligieron para co-crear una misma obra, las dos Paulas como actrices, Silvia como directora.

En Un hombre de las gafas de pasta, que se presenta en el marco del Festival Internacional de dramaturgia Europa + América, tomaron un texto escrito por otro (Jordi Casanovas) y supieron, cada una desde su lugar, hacerlo propio.

¿Cuán importante es tener una voz autorizada que opine sobre el propio trabajo?, ¿cuán importante es saber relacionarse?, ¿cómo se juega la creatividad en una puesta? Las tres juntas hablaron sobre cómo fue este proceso en este nuevo "Cómo crean los que crean".

 
Paula Manzone, Silvia Gómez Giusto y Paula Marull.  Foto: OHLALÁ!  / Inés Sainz

-¿Qué las llevó a trabajar juntas?

SILVIA: Con ninguna de ellas había compartido situaciones de ensayo o trabajo. Generalmente uno elige trabajar con quienes ya trabajó o ya conoce, a Manzone la había visto en Amar pero lo que me llevó a trabajar con ellas fue una afinidad, compartir el taller de dramaturgia (de Javier Daulte) y compartir las obras de cada una, lo que cada una escribe, las opiniones que recibíamos una de la otra. Sentir que había una afinidad y una mirada sobre el teatro que era muy cercana realmente.

-La obra aborda el proceso creativo de la escritura como tema. Está el personaje que le da el título a la obra (Un hombre con gafas de pasta), que ya sería un escritor reconocido como tal, con un texto publicado... y después está Ana, una suerte de aspirante a escritora, que tiene un acercamiento más tímido, intuitivo e inseguro con su material. Supongo que ustedes deben identificarse más fácilmente con Ana que con el hombre de gafas, ¿cómo han transitado esa inseguridad en sus inicios? ¿Cuán importante fue para ustedes la opinión o la guía de una voz que sabe?

MARULL: Lógicamente yo me identifico mucho más con el personaje de Ana que con el de las gafas de pasta, no solo porque el de las gafas es una persona consagrada, sino porque creo que está en un lugar de esnobismo intelectual, ocupando ese estereotipo, mientras que Ana es una persona que está escribiendo genuinamente, empezando a escribir. Es un personaje más amable, con el que uno siente fácilmente empatía. Y me identifico con ese costado de vulnerabilidad o inseguridad que tiene, de depender de la opinión ajena. Yo necesito de una voz, de Javier (siempre escribo en el taller con él) o de Silvia o Paula, que son amigas y personas con las cuales comparto los procesos creativos. Siento que necesito y me alimento de estas voces pero desde un lugar diferente del que plantea la obra. Yo no estoy poniendo mi cabeza para que alguien me haga bolsa, sino que comparto mi proceso creativo con personas que me van a cuidar.

MANZONE: Creo que eso es muy importante, identificar a quién leerle, quién sabe escuchar. No cualquiera. En la obra lo que pasa es tremendo: Ana lee su cuento y la devolución que le hace el hombre con gafas de pasta es de una soberbia, una destrucción y una violencia tremendas. Y puede pasar. A mí me ha pasado. Hace poco les conté a ellas una, "Chicas, me pasó la de Un hombre con gafas de pasta". Si te agarra en un momento en que estás arrancando como al personaje de la obra, te puede destruir, te afecta un montón.

SILVIA: Siempre te podés topar con alguien que te dé un montón de herramientas para crecer y desarrollar lo tuyo o toparte con alguien que te arruina y te inhibe para siempre. O no para siempre pero por un buen tiempo. Eso pasa todo el tiempo.

-¿Hubo algún momento en el que sintieron la necesidad de desoír o romper con esa voz autorizada para dale lugar a la propia?

MANZONE: Hay un momento en el que uno despega y empieza a tomar decisiones, en el momento en que empezás a ensayar, a buscar los actores, a pensar en la cámara y todo lo que viene. Es algo que aparece solo. En lo primero que escribís estás muy pendiente de esa guía, pero cuando uno empieza ya a escribir con más frecuencia, empieza a tener más conciencia de sí mismo, de la singularidad de cada uno y de lo que uno quiere contar o está buscando.

 
Ana leyendo su texto.  Foto: Roy Di Tursi

-Este personaje de Un hombre... parece como muy conectado con el mundillo literario, eso pareciera ser un valor, saber relacionarse ¿Para ustedes cuán importante ha sido saber relacionarse y cuán importante creen que es para desarrollarse en lo artístico?

MARULL: Yo me acerqué a Silvia por interés (Risas). Siempre tuve la sensación -y esto lo digo con total sinceridad- de que no tuve esa cuota de saber relacionarme. Yo empecé a trabajar como actriz y me daba vergüenza pedir trabajo. Nunca puse el foco ahí, las veces que lo traté de hacer no me salió. O eso de ir a un evento y hacer lobby, siempre me ponía a hablar con el peluquero porque era amoroso y quizás tenía a mi lado al presidente de no sé qué. Nunca puse el acento ahí, sí creo que puede ser que sea algo importante. Si hay una persona que escribe y que además se sabe vincular, no tengo un prejuicio respecto de eso, me parece que está bueno y que es una herramienta que suma. No siempre se dan las dos cosas, el artista tiende a tener una personalidad más retraída o insegura. Ahora si tengo que pensar en mí y en mis procesos, al final he terminado trabajando y rodeándome de amigos pero porque surgió así. Si yo tuviera que dar un consejo diría que está bueno hacerte amigos que estén en lo mismo y trabajar con ellos, pero desde un lugar de afinidad como decía Silvia.

MANZONE: Yo creo que solo no podés. Podés ser buenísimo escribiendo pero si te quedás solo en tu casa, vas a terminar mostrando tu material a los que vayan a cenar, como Ana, que no son los mejores lectores. Uno escribe y actúa en un punto para que otros lo vean. Vincularme para mí también tiene que ver con relacionarme con gente con la que tengo afinidad. A mí Silvia me propuso hacer esta obra y dije que sí porque quiero hacer una obra con ella. Hay gente que por ahí hace las cosas por especular, por conveniencia, verte con tal y trabajar con tal. Pero si no hay algo que de verdad te conmueva por dentro y te junte con esas personas, no sé si funciona. Juntate con los que mejor la pasás. Para todo.

-Son compañeras de taller y entiendo que se han hecho amigas. ¿En algún momento se han sentido compitiendo? ¿Rescatan algo positivo de cierto grado de competencia?

SILVIA: Lo que me pasa, y es raro y placentero al mismo tiempo, es que trabajando las tres juntas aparece de alguna manera una hermandad. Solo me importa que les vaya bien, que disfrutemos. Hay algo que le gana a todo objetivo individual y exitista. Si creemos en la obra, al fin y al cabo lo más importante es llevarla adelante. Y lo que hace que esta obra esté buena es ese estado o sentimiento de hermandad, no lo conseguís tantas veces ni con tantas personas ni con todos en el elenco. No la tengo ni con mis hermanas.

MANZONE: Y también está la singularidad de cada una. No siento para nada que estemos haciendo lo mismo. Y a la vez sí. Por otro lado, hay una confianza que me hace sentir que son las mejores para ver mi trabajo, son la mirada en la que confío plenamente, tanto con la lectura como en la actuación de la obra.

-En general asociamos la creatividad con la instancia de escritura. Esta es una obra escrita por un tercero. ¿De qué manera se juega la creatividad en el proceso de montaje de una obra? ¿Cuánto se han podido apropiar de ella?

SILVIA: A mí lo que me pasó y también me sorprendió es que un par que vieron la versión original contaban que esta puesta les parecía que remarcaba mucho más los lugares de comedia. Siento que ese es uno de los lugares para apropiarse el material. En todo el trabajo de adaptación me daba cuenta de que había cosas que querían ser graciosas pero leyéndolas ahí no me resultaban graciosas, sentía que lo tenía que poner en otro marco. Después hay toda una mirada estética sobre ese espacio, sobre los personajes y todo lo que empiezan a devolverte los actores cuando te ponés a ensayar que yo ni siquiera lo había puesto en mi adaptación en el papel. Cuando yo leí la obra pensé: "Ay, este material no sé si lo voy a poder dirigir, es muy distinto a mí". Pero una vez que confías y te metés en el cuento, hay un montón para hacer.

MARULL: Yo pienso que dirigir un texto de otro requiere más creatividad que dirigir un texto tuyo incluso. Cuando es tu texto lo podés cambiar, hacés ensayos y sacás escenas, yo he puesto, reescrito. En cambio, cuando te llega un texto de otro, podés modificar, pero tenés que usar toda tu creatividad para ver a través de esos anteojos.

-Siempre que he entrevistado a escritores, surge la pregunta por el trance creativo. En este proceso, ¿qué momento identifican como de mayor clímax creativo?

MANZONE: Hay algo un poco de mistificación del proceso creativo. Y la verdad es que laburamos un montón, esa es la posta. Nos juntamos a ensayar un montón, Silvia pensó un montón. Probamos, nos equivocamos, propusimos. Hay mucho trabajo. Lo más parecido al trance es la función, que es donde uno no puede frenar y tiene que entregarse a lo pautado y a que suceda y esté vivo. Esa es la magia del teatro. Cuando está vivo salís y decís "che, qué bueno". Ese es el desafío del teatro: que cada función que esté viva. Que hoy sea hoy y no lo que hicimos el otro día. I

 
Un hombre con gafas de pasta.  Foto: Roy Di Tursi
 
Un hombre con gafas de pasta. 

-¿Hubo algún momento de mucha crisis en el proceso?

MARULL: Creo que en general siempre hay un momento en el que estás en medio del río. Pero en todos los procesos pasa. Tengo esa sensación desde que iba al colegio y estaba por rendir una prueba, ¿viste que empezás a estudiar y pensás que es re fácil, luego pensás que no vas a llegar y después ya estás ahí? Ya escribí media obra, la termino (Risas). Javier siempre nos decía en el taller: "Terminá la obra, porque vas a empezar otra y vas a llegar a este momento y vas a tener la misma crisis". Este fue un proceso donde los ensayos tenían que ser eficaces porque teníamos muy poco tiempo. Estábamos todos muy ocupados, ensayamos en muy poco tiempo porque era una obra con mucho texto y bastante larga. Era más hacer que reflexionar. Yo me entregué. Como actriz tenés que estudiar el texto y entregarte a las manos de un director en el que, si confiás y aparte te divertís con el elenco, está todo bueno.

-¿Cómo viven esto de dedicarle mucha energía a una labor y no tener una recompensa económica? ¿Qué tan importante sería para ustedes recibir una remuneración por su trabajo en el teatro?

MANZONE: La verdad es que siempre fui tan pobre... (Risas). Para mí ya es una realidad, esa es la verdad. Me fui mucha de gira con estas obras y la mirada del extranjero me hacía reconocer eso. "¿Cómo se juntan a ensayar sin que les paguen? ¿Y sin un texto y ni una fecha de estreno?". Y yo decía que sería mucho más infeliz si no lo hiciera. Yo trabajé de moza, de niñera, vendí vinos a chinos, hice tantas cosas para sostener mi arte... pero a la vez en cada una de esas cosas crecía mi convicción por lo que hacía.

MARULL: Yo quiero la plata (Risas.) Uno hace muchos años que ya tiene esto naturalizado y por supuesto que lo disfrutamos y ya ni esperamos... Pero creo que estaría bueno (y no sé cómo) ver de qué manera hacer el mismo trabajo y ganar un poquito más. Sé que es difícil porque los teatros independientes tienen muy pocas localidades, pero a veces pienso que los chicos que desarman (no tengo nada en contra, son divinos) ganan más que el que escribió la obra, que el que la dirigió, que los actores que van a todas las funciones. Yo tengo la sensación de que hay algo raro que no sé cómo se cambia pero que tampoco me impide ir y hacer mi trabajo con alegría.

-Por último, ¿como artistas tienen alguna meta? ¿Qué les gustaría haber conquistado de acá a diez años?

MANZONE: Yo creo que algo que descubrí hace poco y me da mucha felicidad es comprender que mi arte pasa por la búsqueda. Y eso va cambiando todo el tiempo. Si yo me escucho y soy auténtica conmigo, sé por dónde buscar, qué escribir, de qué voy a hablar. Y la vida es larga y sé que lo más lindo que me puede llegar a pasar en el futuro es ser auténtica conmigo en cada momento, estar atenta a cada momento de la vida para poder desde ahí fluir.

SILVIA: No me imagino haciendo otra cosa distinta a la que hago, me gustaría seguir escribiendo, tal vez explorar otros formatos, siempre tengo la fantasía de escribir narrativa o un guión, pero toda la evolución sería a partir de la escritura, lo que a mí me interesa. Dirigiendo también, me da muchísimo placer. Y me gustaría vivir de eso solamente y no tener que estar en un solo año en cinco proyectos que me parten la cabeza. Para mí eso sería un buen objetivo. Este año tuve unos niveles de estrés en los que sentía que no podía más. Tenés la cabeza partida en mil casilleros. Tal vez a todo el mundo le pasa con su trabajo pero sabés que todos los meses tenés tanto dinero. (Risas).

MARULL: Me gustaría seguir en este camino, haciendo lo que me gusta. De acá a diez años me imagino entusiasmada, por encontrar cosas nuevas, obras nuevas que hablen de otras cosas. Me imagino siguiendo este camino vinculado con el teatro. Y estar cada vez disfrutándolo más, estresándome menos. Es algo que ya me está pasando, de a poco, creo que tiene que ver con crecer y madurar. Disfrutando más, así me imagino de acá diez años. Una viejita un poco más sabia, que ya me chupe todo un huevo. (Risas).

-Gracias, chicas.

NOTA: Por este año quedan solo dos funciones, este viernes 11 en Espacio Callejón y el sábado 12 en el Cine Teatro York.

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