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Orgullosa

 
 

La acabo de dejar en el edificio de su amiguita, a minutos de irse, su amiga, su madre, ella, las tres a Tigre.

Su primer viaje sin padres ni hermana, me enorgulleció que lo aceptara.

De entrada cuando Paula (amiga y madre de Ámbar, su amiguita) me propuso invitar a China, "no sé qué pensás, fijate y decime", me dijo, yo pensé que China no iba agarrar viaje.

Últimamente no quería ni quedarse a dormir en casas de amigas, no me pregunten por qué. Desde chiquita siempre fue muy adaptable, pero el año pasado algo cambió, de un día para el otro empezó a expresar lo que nunca: "te extraño de noche".

Entendí que en este terreno lo mejor es no insistir y respetar, que los tiempos emocionales son lentos y a veces misteriosos, que no siempre podemos entenderlo todo.

Por eso les decía que cuando llegó la invitación creí que iba a rechazarla.

Y no.

-Sí, quiero. Quiero ir.

Ah, sí, hubo un momento en el que se echó atrás.

Alguien le dijo que en el río podía haber víboras...

-Pero no, hija, relajate. No vas a encontrarte con víboras, confiá. Vas a estar en un lugar seguro con una persona adulta cuidándote, cuidándote como te cuidaría yo (tu mamá).

-Bueno, voy. Quiero. Sí, quiero ir.

Y se dispuso a preparar su mochila. La llenó de ropa, de juegos. Estaba envalentonadísima.

-Estoy orgullosa de vos -le dijo hoy-. Las pequeñas aventuras de la vida hay que vivirlas. En tres días ya estás de vuelta en casa y esta experiencia va a valer oro.

Orgullosa de mi hija, aquí quería llegar.

En realidad, vivo orgullosa de ella, de ambas, soy una mami muy típica.

Pero traje esta pequeña anécdota para introducir una novedad en el vínculo madre-hija mayor, una novedad que les cuento como si fueran mis amigas.

El año pasado fue un año difícil para nosotras.

Este año, no preciso en qué momento, la cosa se polarizó. O empezó a cambiar de dirección.

La hija más contrera de todas (bueno, tengo apenas dos), la que señalaba con el índice mis errores, la que me miraba con lupa, la que revoleaba los ojos y me desafiaba constantemente, la que respondía como una adolescente precoz, de golpe empezó a tirar frases como: "yo quiero comer sano como vos", "yo te voy a ayudar a ordenar, mami", "yo me voy a lavar muy bien los dientes como vos" y así.

Se corrió de lugar, o yo me corrí de lugar a sus ojos, y volvió a mirarme como lo hacía antes.

Identificada -positivamente- con su mami.

Seguramente esta tendencia siempre estuvo a la par de sus peleas (la otra cara de lo mismo), pero en este último tiempo sentí que ella la vivía de otra manera.

Que ella reivindicaba lo bueno de su progenitora, orgullosa de mí, orgullosa también ella.

Por supuesto, lo que yo más quiero es que ella sea ella, no una réplica de otro. Pero es inevitable mi influencia, mi trabajo de crianza... ¿Y a quién no le gusta que un hijo lo reciba bien?

¿A quién no le me importa contagiar cierta consciencia alimentaria en un hijo, por ejemplo? O que un hijo valore el trabajo de orden y limpieza y se responsabilice por su desorden.

Y sobre todo, ¿a qué padre no le gusta sentir el amor fresco, en acto, en gestos, sin rencores, espontáneo, que superó obstáculos y salió fortalecido?

Estoy orgullosa del amor.

Sorprendida de su fuerza.

Te pido perdón, hija, por haberme equivocado en el pasado, ya ni sé en qué... pero qué lindo volver a sentir que creés en mí (lindo para cualquier persona creer en su propia madre, reconocer lo positivo de sus progenitores). Qué lindo volver a verte así de contenta.

¿Alguna vivió algo similar como madre o como hija?

Foto antes de llegar a lo de Ámbar:

 

Mi amiga Paula me mandó fotito:

 

PD: Y como siempre, para contactarse por privado o por taller "Un cuerpo que dicta" (seminario de fin de semana en marzo), me encuentran en FB. ¡Que tengan un hermoso día viernes!

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