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La ecuación del amor

¿Se puede contabilizar cuánto se gana o cuánto se pierde al amar? Nuestro filósofo nos ayuda a pensarlo

Por Darío Sztajnszrajber | Para Revista OHLALÁ!

 
 

En el amor, ¿se gana o se pierde? ¿Quién amaría si el amor diese pérdida? ¿Quién haría algo si el resultado de nuestras acciones fuese la pérdida? Parecería que todo lo que hacemos debería darnos dividendos, ya que tenemos muy incorporada la asociación entre existencia y productividad.

 
Foto: Corbis

Si el criterio último que juzga nuestro ser en el mundo es la productividad, entonces todo lo que hacemos y somos se mide, en última instancia, a través de la ecuación que determina un importante excedente en la relación costos-beneficios. Claro que jamás asociaríamos estas cuentas productivas a los afectos, a las creencias, a los estados de ánimo, y sin embargo, cada vez se nos hace más evidente nuestro estar arrojados en una "economía de la existencia": nos preguntamos "¿me quiere tanto como yo lo quiero?", "¿cuánto bien debo hacer para asegurarme un lugar en el cielo?" o incluso "¿no se puede ser aún un poco más feliz?".

AMAR ES IR EN CONTRA DE UNO MISMO

La filósofa francesa Simone Weil sostenía que el ser humano, por naturaleza, busca expandirse. Hay algo natural en el deseo expansivo de crecer, de agrandarse, de desplegarse. Por eso, todo lo que hacemos está estructurado a partir de esa lógica: la lógica de la economía. Menos en el amor. De ahí que cuando se ama verdaderamente, sostiene Weil, se va en contra de uno mismo. Y es en este sentido que el amor es antinatural, casi religioso. Es un acto que rompe toda lógica, toda economía. Obviamente, hay amores atravesados por la racionalidad de la ganancia, cuyo propósito no se diferencia de cualquier otra acción o vínculo pensados en términos acumulativos o de ganancia personal: "me conviene esta persona"; "este amor me lleva mucho tiempo" -o me agota, o me quita energías-; "con él hacemos un gran equipo, una gran empresa...".

 
Foto: Corbis

Dice Weil que el amor humano es una traducción del amor divino. Si Dios es el todo, cuando Él crea, no puede añadir nada más a lo que hay, ya que Él es todo lo que hay. Por eso, la única manera que tiene Dios (el todo) de crear es retirándose. Dios solo puede crear el mundo por retracción, "mutilándose" a sí mismo. La teología amorosa de Weil invierte los términos: Dios va en contra de sí mismo cuando decide crear el mundo. Lo crea por amor, o sea, perdiendo.

LA DECISIÓN DE RETIRARSE

¿No hay algo de ese retiro del que hablábamos en el acto por el cual un padre ama tanto a sus hijos que decide ir en contra de su propio deseo, de su propia proyección que históricamente los padres hacen en sus hijos, disolviendo su singularidad para priorizarse a sí mismos en lo que ellos pretenden que sus hijos sean? En este sentido, el filósofo André Comte-Sponville recuerda la siguiente frase de Adorno: "Serás amado el día que puedas mostrar tu debilidad sin que el otro se sirva de ella para afirmar su fuerza".

Hay una decisión de retirarse, pero que no es una decisión consciente. Es un acto de amor. El otro muestra su debilidad y, sin embargo, uno no invade. No lo aprovecha. Se resiste -tal como dice Comte-Sponville- a ejercer al máximo su poder. Es casi un amor que va en contra de nuestra naturaleza y, por eso, tiene algo de excepcional, de extraordinario, de locura, de anormalidad. Se establece así una prioridad del otro, pero sobre todo, hay una pérdida del yo. Se desposee a la pareja porque no hay posesión, sino entrega. Se la quita de la lógica de la ganancia. En definitiva, se pierde para que el otro sea... .

¿Qué te pareció este tema? ¿Te preocupa ganar o perder en el amor? Fijate otras columnas de filosofía erótica: ¿Quién gana con la monogamia? y La mercantilización de los vínculos

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