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Viajar a México por un rato

 
 

Los viernes, por unos cuantos meses, serán días de salidas, viajecitos y escapadas. Y sin más preámbulo, en este post las invito a experimentar México, sin moverse de la silla, aunque van a ver que se van a copar y a la noche van a salir a comer tacos por ahí.

Empecemos poniendo play a Luismi, que se lo merece por persistente y porque esta canción es lo más:



Saliste del aeropuerto, con calzas, botas y un sweater enorme, y te encontraste con el verano. Sol espectacular, airecito de mar, felicidad. Una hora de combi hasta tu hotel se te pasa rápido, porque mirás por la ventana este otro lugar, con sus carteles que prometen playas paradisíacas y ruinas mayas, y su gente paseando, vendiendo, andando el bici.

Tu hotel está buenísimo. Te reciben con un coctail de frutas y sonrisas. Te explican que, como es tu luna de miel (o lo que vos quieras), te van a dar una mejor habitación. Y cuando te llevan a ella, pensás que nunca fuiste a un hotel así de lindo con tu novio, o marido, ejem, y que mochilear está buenísimo pero en este momento, esto es justo lo que necesitabas.

Con la velocidad de un rayo, te cambiás y vas a la playa, que es así:


Te instalás en una reposera con una cervecita fría, o un jugo de mil frutas, y pensás que estás, en ese momento, siento activamente feliz.

En Playa del Carmen hay iguanas por todos lados . La primera vez que viste una te volviste loca, y le sacaste mil fotos. Después, pasaban como si nada, y las tenías de vecinas.

 
La iguana vecina. 


 
Y una lagartijita de yapa. 


En tu hotel hay un bosque, donde ves un bambi correteando por ahí. Se sienta y mira el lente de tu cámara, como si posara. Te acordás de cuando llevabas zanahorias cortaditas al zoológico para los bambis. De cómo se sentía estirar la mano derechita para que el animalito comiera. Cuánto más feliz se ve este bambi que aquellos de cuando eras chiquita.

 


Además, camino a tu habitación, hay dos guacamayos rojos, que todos los días te despiertan.


Un día vas a un parque temático, bastante como Disney, en donde nadás en ríos subterráneos , toda equipada con patas de rana y equipo de snorkel, y no podés creer lo increíble que es eso. Te adentras en cavernas y cuevas, ves peces y fósiles marinos. No te da miedo la oscuridad de la caverna. Te sentís una exploradora re valiente, y te reís porque, en verdad, estás en un parque en donde no te puede pasar nada. Pero vos te sentís la versión femenina de Indiana Jones. Hay 3 ríos, y cuando terminás el primero, vas directo a nadar el segundo, y después el tercero. Nunca nadaste tanto en toda tu vida.

 


Y te encontraste con cientos de flamencos.

 


Otro día vas a visitar la isla de Cozumel , en donde los vendedores de artesanías te llaman a los gritos para que les compres, y en donde elegís unos platitos pintados a mano de colores vivos. Con tu chico, alquilan una motito para poder recorrer lo más posible, y encuentran playas espectaculares, cardúmenes de peces, y un bar con ricas cervezas y hamacas paraguayas. La plaza principal de Cozumel, rodeada de la iglesia, el banco, y principales comercios, es parecida a todas aquellas plazas en donde te sentaste durante horas en el norte de Argentina, solo que de colores más veraniegos: todo es amarillo, naranja, rojo, turquesa y verde.

 


Y después vas a un lugar adonde nunca pensaste ir, porque es tan de película, que estar ahí parece imposible: Chichen Itza . Te tocó un guía que hizo que entendieras un poquito más la cultura maya, y que te hizo imaginar cómo podía ser vivir en esa ciudad. O acercarse una vez al año para ver la figura del dios serpiente, Kukulcán.

Había tanto sol que te compraste el sombrero más de turista del mundo, con un dibujo de la pirámide de Kukulcán y que dice, bien grande, Chichen Itza. Usaste una sombrilla rosa que te dio el guía, y te colgaste una botella de agua al cuello. Jamás, pero jamás, te viste más turista, pero amaste la sombrilla sin parar.

 
Verla en vivo fue increíble. 


 
Nunca tan turista. 


Las ruinas mayas de Tulúm no te impresionan tanto como Chichen Itza, pero te gusta caminarlas. Y ahí, encontrás una playa tan pero tan perfecta que te da alegría que los mayas que vivían ahí la hayan tenido. Hace tanto calor, así que parás para un chapuzón en ese mar tan tentador, imaginando que algún maya también se escaparía del trabajo para una zambullida rápida.

 
Es chiquita, pero es la playa más linda que viste en tu vida.. 

 


 
Y encontrás un coral.. 


En México comés rico. A vos ya te gustaba la comida mexicana, pero capaz que te quedabas en los tacos de carne o de camarones. En tu viaje, aprendiste a comer chipotle, a disfrutar del picante, probaste y te enamoraste del sabor de la cochinita pibil, y hasta te animaste a probar una salsa que se llama Hocico de Perro (X´nipec), que te aseguraron que no lleva perro. El queso relleno te encanta, el mole (que es como una salsa espesa, preparada con cacao, chiles, tomates y especias) te cuesta, pero a medida que pasan los días te va gustando. La comida mexicana te da intriga. Pedís recetas y probás todo, hasta lo picante. Y un día, hasta te animás a las enchiladas en el desayuno.

En México piensan que sos norteamericana, italiana, o de cualquier lado , y te hablan en inglés. Cuando les decís a los vendedores que hablás en español, el precio se reduce un 50%.

En México escuchás música linda , que te suena a bolero, a música africana y a española a la vez. Pero la música que tocan los artistas callejeros es para ustedes los turistas, por eso hacen rancheras, y temones como La Media Vuelta o María Bonita. Te gustaría ver qué música se hace hoy en México, qué se escucha en los bares a donde no te invitan y que no sabés que existen.

Y como capaz ya es hora de seguir trabajando, volvés a tu silla en donde sea que estés, no sin antes agendarte una salida a un restorán mexicano en tu ciudad. Sino, antes de volver a trabajar buscás la receta de algo rico, y hoy a la tarde, aún con lluvia, pasás por el super y comprás los ingredientes, eligiendo también salsitas picantes, porqué no. Y a la noche, en tu casa, ponés de vuelta a Luismi, prendés unas velas y te vas a México, llevada por el aroma a los chiles que compraste, a los frijoles que vas a preparar, o al simple guacamole, aprovechando que las paltas están ricas.

Lo mejor: llevá a alguna amiga o a tu chico de viaje con vos, convidándole una michelada o una coronita, y haciéndole probar las delicias que prepares.

Sofi

@sofiorsay

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