revistaohlala.com

Consorcio infernal: convivir con los vecinos no es fácil

Los edificios se convierten en minivecindarios, con más áreas comunes y más razones para cruzarse. No es fácil, así que respirá hondo y sabé que no sos la única que pide auxilio

 
 
 
Foto: Corbis. Ilustración: Clara Lagos

Por Verónica de Martini

Rumores de ascensor

 
Foto: Corbis. Ilustración: Clara Lagos


Es inevitable, lo busques o no, en el ascensor te enterás de todo. Más allá de las notas pegadas en el espejo (como la típica: "El del 8 F dice que no le importa si todos nos intoxicamos con su basura. Me lo dijo a los gritos e insultándome. Firma: el del 2 A") o los recordatorios de la administración, la posta está en cruzarte con esa vecina "oreja parada" que tiene toda la data. Que el del quinto se la pasa haciendo fiestas con chicas "raras", que el ex marido de la del segundo no le pasa plata y por eso debe expensas desde marzo, que el portero sale con la niñera de los del décimo..., y así un camino de siete pisos y unos pocos segundos se convierte en el paparazzi del edificio con info actualizada minuto a minuto. ¿Que nunca te enganchás en esa? Podés hacerte la tonta una vez, pero ¡estas vecinas chimenteras no paran hasta tenerte como panelista!

Ruidos las 24 horas

 
Foto: Corbis. Ilustración: Clara Lagos


El de arriba descubrió que la batería es su cable a tierra, pero sos vos la que tiene que escucharlo todo el día. Encima, por más lindo que sea, ¡toca mal! Como si eso fuera poco, del otro lado de la pared, la vecina está practicando el "Duérmete niño" y cree que si deja al bebé llorar indefinidamente, va a descargar y así lograr hacerse entender, pero ¡tiene solo 3 meses! Y a vos todavía te quedan 16 meses de alquiler. Los ruidos, los tacos desquiciados, la música fuerte y las discusiones de los que parece que se están tirando con todo por la cabeza son sonidos que incorporás a tu rutina, hasta que un día estallás y decís "basta". Está bien, no vas a ser la vecina mala onda que llama para que bajen la música o para que "¡hagan algo con esos chicos, por favor!", pero de alguna forma hay que hacer notar que esto es una convivencia. Si quieren una casa orquesta, que vayan pensando en vivir en un country.

Caniche toy

 
Foto: Corbis. Ilustración: Clara Lagos


Aunque el perro es el mejor amigo del hombre, no todas queremos ser las mejores amigas de los perros. Pero vivís en un edificio donde están permitidos y no te queda otra. El caniche de la vecina de al lado ladra sin parar. Para colmo, como es cachorro y todavía no aprendió cuándo hacer pis, día por medio abrís la puerta de tu casa y sentís ese olor característico, signo de que el perrito, una vez más, no se aguantó. Como si fuera poco, al del séptimo se le ocurrió meter un perro del tamaño de un pony en un dos ambientes, así que se la pasa subiendo y bajando para sacarlo a pasear. Así, cada vez que comparten el ascensor, el perro te salta encima y vos sonreís con tu mejor cara de divina porque el dueño está bárbaro y, en el fondo, sabés que no te importaría que la bestia te rompiera tu remera nueva si después de eso viniera un cafecito reconciliador en la casa del bombón.

Caños rotos

 
Foto: Corbis. Ilustración: Clara Lagos


¿Hay algo peor? Al del piso de arriba se le rompió un caño y tu techo es una burbuja de agua a punto de explotar. Al principio, nadie se hace cargo, y cuando finalmente lográs (a fuerza de muchas llamadas y hasta alguna histérica y ridícula amenaza) que el consorcio tome la posta, la ineficiencia te supera. Te dicen que van a venir una mañana, te pedís el día en el laburo pero nunca llegan. O, lo que es peor, dejan el arreglo a medias y por quince días te tenés que bancar un agujero que conecta tu living con el del vecino. No parás de preguntarte: "¿Por qué a mí?", pero las soluciones no llegan y cada día que pasa te altera más. Y sí, esta era la gran contra de ese lindísimo edificio de época que compraste para reciclar. La deco te quedó de revista, pero el esqueleto (los caños) ¡no puede más! Nota de voz: si vas a mudarte, tené en cuenta que, además de compartir código postal y portero, tienen los mismos caños de agua, gas y calefacción.

Me roban la OHLALÁ!

 
Foto: Corbis. Ilustración: Clara Lagos


Cada vez te pasa más seguido: te levantás, abrís la puerta y te encontrás con que el diario y la revista ¡no están! Al principio, le echabas la culpa al diariero, pero después de la sexta vez que te le quejaste y el pobre ya no supo cómo explicarte que él te la deja siempre, te diste cuenta de que el problema eran (sí, otra vez) ¡tus amados vecinos! Intentaste quedarte detrás de la puerta para escuchar al ladrón de revistas e increparlo en pleno robo, pero es tan ágil que no lográs descubrirlo. No te vas a poner a señalar con el dedo acusador, pero tampoco podés quedarte cruzada de brazos; tienen que entender que no sos el puesto de diarios del edificio y que, si quieren leerlo, tendrán que pagar por ello. ¿La más fácil? Que te la guarde el portero y te la dé en mano.

Reunión de consorcio

 
Foto: Corbis. Ilustración: Clara Lagos


Estas citas obligadas sirven para ponerse a la orden del día y resolver los conflictos de los que nadie se hizo cargo. No te gusta opinar mucho, pero igual estás atenta para escuchar a los que se quejan del gato de la vecina que se escapa y anda rondando por balcones y pasillos como si fuera el dueño del lugar, los que se indignan porque entran los pedidos del súper y las bicis por el hall principal en lugar de hacerlo por la puerta de servicio y, sobre todo, la queja general de que la pileta y el gym siempre están llenos de invitados. Generalmente, se habla mucho pero se resuelve poco. Siempre es importante que alguno (el más juicioso de todos) tome la voz cantante y distinga lo importante de lo que puede esperar, porque si no, terminás tres horas dándole vueltas a una discusión vacía y nadie se digna a meter el dedo en la llaga y discutir ese tema que los tiene en llamas.

La vecinita hot

 
Foto: Corbis. Ilustración: Clara Lagos


Con tantos departamentos por piso, es imposible pretender vivir en una cabina presurizada a prueba de sonidos. Y, así como escuchás la batería o los llantos desconsolados, hay otros gritos que empiezan a irritarte. Es que estando soltera hay que respirar profundo y aguantar los celos de la que tiene nuevo novio y lo hace notar durante tooodaaa la noche... ¡y la mañana también! Como si fuera poco, está la otra vecina que tiene un lomazo y sale al pasillo a sacar la basura con su bata de encaje (que, por supuesto, siempre se le abre "accidentalmente" cuando hay público presente) y tiene a todos los hombres solteros del edificio embobados. ¡Ni hablar de los recién casados que usan la piscina compartida como yacuzzi! De repente, sentís que te mudaste a la casa de Gran Hermano y que la intimidad parece haber pasado de moda. Estás segura de que así debían sentirse los vecinos de Samantha Jones, pero, claro..., ¡nunca pensaste que ibas a ser uno de ellos!

Mala administración

 
Foto: Corbis. Ilustración: Clara Lagos


Intentaste hablar pacíficamente con tu vecino sobre eso que te molesta unas cien veces y no hay manera; el portero aprovecha para hacer sus trámites personales en su horario de trabajo y casi nunca está presente, no te queda otra opción que llamar al administrador, pero ¿si no sirve? Una administración que no da abasto y deja tu edificio para lo último, se queda con los vueltos y siempre pospone tus citas es moneda corriente. Te estás planteando seriamente mudarte a uno con consorcio autogestionado donde, por medio de cadenas de mails y reuniones, se discuten entre todos los problemas que se van presentando. ¿Los pros? Al no contratar a una empresa administradora, los costos se reducen ampliamente y hasta podés ser vos misma la encargada de la administración en el lugar donde vivís. ¿Las contras? Puede llevar a una pelea mayor y que, al no haber alguien neutral, sea todo más difícil.

¿Te sentís identificada con esta historia? ¡Contanos cómo son tus reuniones de consorcio!

Compartilo
 
 
Notas más leídas
Revista Ohlala