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¿Para qué acumulás?

No es posible andar más livianas si no frenamos nuestro stockeo compulsivo. ¿Estás lista? Disfrutá entonces de la abundancia sin acumulación.

 
 
 
Foto: Paula Teller. Realización y producción de Building Ideas

Por María Eugenia Castagnino

Valijas enteras de ropa que no usamos. O, lo que es peor aun: que ni siquiera nos entra. Cajas con libros por toda la casa que jamás leímos (ni vamos a leer). Películas, CD, casetes (¡casetes!) que lo único que hacen es juntar mugre en algún estante perdido. Muebles, esos que heredaste de tu abuela, de tu tía, de tu tía abuela y de tu suegra. La alacena atestada de productos que compramos alguna vez para cuando nos pinten las ganas de hacernos las cocineras, cosa que sucede, con suerte, una vez por año. Los cuadernos y las carpetas del jardín de tus hijos, desde 2004 en adelante. Y ese suplemento del diario que te en-can-ta y que guardás celosamente en cajas... desde el 95. Uf... ¿No te agota de solo leerlo? ¿No sentís a veces que la mochila pesa mucho? Sí, admitámoslo, acumuladoras compulsivas del mundo: tenemos demasiadas cosas. Sucede que es casi uno de los deportes que más nos gusta practicar (o que, directamente, a algunas nos sale solo), bajo la creencia de que estamos "atesorando" recuerdos, cosas muy valiosas u objetos que en un futuro nos van a poder servir para algo. Nadie dice que sea fácil cambiar de un día para el otro, pero está bueno ir poniéndonos ciertos límites, porque es la única forma de aprender que el viaje puede ser mucho más liviano. Y lo mejor: mucho más placentero.

¿Por qué acumulamos?

"Pero ¿cómo lo voy a regalar? Si este vestido es de una tela única, que ya no la conseguís en ningún lado...", "Sí, ahora puse la mecedora de ratán en la baulera, pero cuando tenga una casa más grande la pienso usar un montón, eh...", "No, esta remerita ya está muy vieja, pero mejor la guardo porque quizás algún día me sirva, por ejemplo, si tengo que pintar...". ¿Te suenan las frases? En nuestro universo mental, acumular tiene que ver con sentir que tenemos el control; esta programación cerebral fue exitosa cuando la humanidad solía vivir en ambientes de escasez y estaba activada por una carencia puntual o por la existencia de algún peligro que nos amenazara. En ese panorama, acopiar aseguraba la supervivencia. Nuestros abuelos seguramente almacenaban provisiones para los tiempos de guerra y hambrunas, así como algunas especies de animales juntan alimentos para el invierno. Ante la escasez, la abundancia material se distinguía como un valor. Los tiempos cambiaron..., pero nuestra mente nos sigue haciendo creer que está bueno tener mucho cuando ya no es necesario . Es como si hubiéramos venido al mundo con ese chip incorporado. Y quedamos prisioneras de ciertas costumbres o tendencias programadas que están desfasadas con este nuevo ambiente en el que vivimos, donde la oferta es infinita y tenemos prácticamente todo a disposición.

Por otro lado, existe otro mecanismo interno, muy arraigado en nosotras, que tiene que ver con la imitación (el famoso "lo veo, lo quiero", más allá de que lo necesitemos realmente o no). Mientras no veamos, probablemente no nos demos cuenta de que necesitamos algo. Steve Jobs, el magnate informático, entendió esto a la perfección: él sostenía que su trabajo era crear productos que generaran necesidades en los consumidores. Y, por ejemplo, hasta que salió el iPod, a nadie le urgía tener 32 gigas de música para llevar a cualquier lado. ¿Y ahora? Para algunos, vivir sin esa posibilidad es absolutamente tremendo. Quizás el gran problema sea que hoy "vemos" mucho y los estímulos se multiplican segundo a segundo: la cultura del consumo en que estamos inmersas nos bombardea y, claro, nuestra mente enseguida crea esas "carencias": no tenés el guardarropas suficientemente surtido, a tu casa le falta onda, no tenés el iPod lleno de música y te gustaría tener la misma cantidad de libros que la Biblioteca Nacional. Por eso, nos dejamos llevar por este impulso natural a retener, a querer tener más. Aunque, en el fondo, no sepamos exactamente para qué (¿cuál es el sentido?). El desafío pasa ahora por revertir ciertos paradigmas: con la abundancia instalada desde el modelo social -lo pedís, lo tenés-, lo que ahora se distingue es cierta suerte de minimalismo. Tener poco, o tener sólo lo necesario, se vuelve un valor en sí mismo. Hacía ahí vamos.

La "guardatutti" tiene sus riesgos

Si nos animamos a rascar un poquito la superficie de nuestra pasión acumuladora, vas a darte cuenta de que no está tan bueno como creías. ¿Por qué?

- Nos corre del presente y nos hace perder el control. Guardamos "por si": la mantita de crochet "por si" alguna vez tenemos un sillón para decorarlo, la ropa que le queda chica a tu hijo la guardás "por si" tenés otro en el futuro, y los apuntes de la facultad, por si alguna vez los llegás a necesitar... Esas ilusiones nos dan, de cierto modo, alguna excusa para seguir buscando recovecos de la casa para seguir juntando, y te ocupan la cabeza desdibujando tu "yo" de hoy, ese que vale la pena realmente. Si creés que podés controlar el futuro, es hora de que dejes de perder tiempo y espacio de tu vida. Lamentamos informarte que no es posible. Y que lo único que lográs es vivir en un abanico de "posibles" identidades en escenarios irreales e incontrolables, porque son meros dibujos de nuestras ilusiones y/o temores. ¿Querés un dato? Nuestra mente es capaz de recordar solamente hasta siete ítems. ¡Siete! Cuando tenés más de siete cosas, hacé de cuenta que el resto no existe. Si no, mirá lo que te pasa cada vez que te ponés las pilas y hacés "limpieza": "Uy, este disco ni sabía que lo tenía...", "¿De dónde salió esta pollera? Ni me acuerdo de cuándo me la compré...", como si fueran nuevas cosas, pero que están ahí desde hace años. Es casi una regla de sabiduría: el exceso te hace perder el control.

- Implica asumir más responsabilidades. Tenés la alacena llena de cosas como para alimentarte los próximos seis meses, pero hay que cuidar que no se te venzan. Abrís tu placard y la ropa se te viene encima, pero... ¿quién te asegura que no te la coman las polillas? No te engañes: tener MUCHO implica asimismo MUCHO esfuerzo; ya sea en tiempo, en energía, en espacio o en cuidado. Claro que mientras estás en modo "guardatutti" y tu mamá te ofrece la colección completa de la Enciclopedia Británica de tu abuelo, jamás vas a ponerte lo suficientemente racional como para pensar en todo lo que eso implica (ir a buscarla, hacerle un lugar en la biblioteca donde ya no entra un alfiler, pasarle un trapo de vez en cuando, etc.). Las ganas generalmente borran las consecuencias. Y cuando no se asumen las responsabilidades del cuidado, la jugada te puede salir carísima e incluso podés terminar arruinando completamente la experiencia. Imaginate lo que sería agasajar a tus invitados con un flan riquísimo de postre, pero hecho con una leche condensada vencida, porque jamás cuidaste ese detalle lo suficiente. Corrés el riesgo, entonces, de que no sólo el flan resulte agrio, sino que ¡te quedes sin postre! y que hayas desperdiciado también huevos, azúcar y leche (en buen estado), porque, en el fondo, no estabas dispuesta a reconocer tu mala inversión ni tu descuido.

- No te permite disfrutar al 100%. Es una farsa sentir que somos más ricas porque tenemos más. Es casi todo lo contrario: la acumulación sin sentido resalta la pobreza y es una forma de luchar contra nuestras propias carencias internas. No hace falta llegar a ejemplos extremos, pero si alguna vez tuviste la oportunidad de ver las casas de aquellas personas que sufren el síndrome de acaparadores compulsivos, fácilmente te vas a dar cuenta de que no se trata de personas felices y satisfechas con sus vidas. Disfrutar tiene que ver con usar lo que tenés y habitarlo. Saborear sus frutos antes de que se pudran. Es ponerte eso que tenés porque sabés que te sienta bien y porque tiene que ver con vos, con tu estilo. Y no forzarte a ponerte un vestidito de tu abuela que no te queda bien, tan solo porque lo tenés ahí arrumbado desde hace un montón de tiempo y no lo usás. Cuando elegís con qué te quedás podés darle el disfrute que se merece, tenés espacio mental y físico para que sea un placer.

¿Cómo alivianar la carga?

 
Foto: Paula Teller. Realización y producción de Building Ideas


Va a depender de nuestra personalidad y nuestros hábitos, pero seguramente podamos parar un poco el impulso de nuestro cerebro y poder elegir. No metas de más en tu mochila de todos los días. Porque después, llevarla puede ser un engorro total. ¿Qué podés hacer?

- Soltar y liberarte de eso que no te representa. Empezá por donde quieras: el placard es uno de los clásicos para las mujeres, porque detrás de la ropa existe todo un universo de definiciones. Pero elegí ese "triángulo de las Bermudas" de tu casa -puede ser tu biblioteca, el cajón de los cosméticos, las carpetas con los trámites de la casa o ese sucucho a donde va a parar cualquier cosa que te gusta- y tomate el tiempo para revisar cada cosa y volver a elegirla. Si sentís que ya no tiene que ver con vos..., no la retengas. Soltala. Seguro vas a encontrarle un destino mejor. ¿No vas a leer de nuevo ese libro? Regaláselo a una amiga. ¿Hace más de un año que no te pusiste esa blusa? OK, probablemente no te la pongas nunca, así que podés dársela a alguien que sepas que va a usarla. Un último consejo: si sos de las más duras para desprenderse y estás aferrada a un libro dedicado por tu novio de la secundaria al grito de "¡No, no puedooo!", quizás el proceso deba ser más progresivo. Separá eso que no va más en una bolsa y ponelo en otro lugar, al menos hasta que te des cuenta de lo que significa para vos. Así, poniéndolo en una especie de "limbo", generás una transición y, la próxima vez que veas la bolsa, te va a costar menos.

¿Qué ganamos? Además de espacio y tiempo (dos variables para nada despreciables), lo más importante es que ganamos IDENTIDAD. Soltar te permite elegir también quién sos y habitar eso que sos, conociéndote más en profundidad. Ya no te da lo mismo tener cualquier cosa. Te ayuda también a ordenar tus decisiones y te enseña a "podar" para que resalte lo que verdaderamente sos: la ropa que te define, los libros que elegís para que estén en tu biblioteca, los objetos que decoran tu casa y -a un nivel más profundo- los valores que forman parte de tu esencia. Soltar es volver a preguntarte cada vez: "¿Quién soy?". Eso es lo único que deberías llevar como equipaje, porque ser vos misma es más que suficiente.

- Vivir, disfrutar y habitar lo que tenés. ¿Y qué hacemos con lo que no soltamos? Lo saboreamos y le prestamos atención, que es muy, pero muy diferente de la atención que evalúa y compara. La idea es que nos lleve al disfrute sereno de lo que somos/tenemos/hacemos, de lo que está a nuestro alcance, lo que nos da pertenencia, calorcito de hogar, sensación de comodidad y satisfacción. Claro que para lograr esto necesitás mucha seguridad en vos misma y una buena dosis de autoestima para confiar en tu criterio y no compararte con todo lo que tienen los otros o incluso las vidrieras, porque si no, vas a volver a marearte con todo lo que te falta.

¿Qué ganamos? Mucha seguridad y liviandad mental. Acordate de que tomar decisiones agota nuestro cerebro: cuantas más opciones tenemos para elegir, más nos estresamos. Al conservar estrictamente lo que queremos y/o necesitamos, ya no hay que enroscarse tanto para decidir. También ganás confianza; soltar lo que no va con vos te da fuerza y la creencia de que no te va a faltar nada en el futuro. Porque sos capaz de generarlo llegado el momento. O porque va a venir algo nuevo. Hay que ser muy fuerte para no acumular de más. También vas a mejorar la calidad del vínculo con eso que tenés: ¡acá también se cumple la regla de que la calidad le gana a la cantidad!

- Compartirlo, permitir que crezca y evolucione. ¡Dale, no seas tacaña! Acumular también esconde cierta actitud casi egoísta y codiciosa. En cambio, si compartís, si das y te abrís al pulso de las cosas vivas, vas a entender que no tiene sentido guardar bajo siete llaves. Las cosas que no florecen se pudren. Y guarda, que las relaciones humanas siguen esta misma lógica: si un vínculo no crece y nos aferramos a él como si fuera la mantita de crochet, corremos el riesgo de que termine también apolillado.

¿Qué ganamos? La verdadera abundancia. Que no pasa por tener MUCHO sino por estar libres para conectarnos con lo que hay, para "usar", para sentarnos en el jardín y disfrutar del paisaje. Con el equipaje justo: nosotras mismas.

Entonces, ¿para qué acumulás? ¿Te sentís liviana ahora mismo porque solo tenés lo necesario o te das cuenta de que tu mochila pesa y es hora de rearmarla? Aprovechá el puntapié de esta nota para elegir, redefinirte, hacer espacio y así disfrutar de quién sos y lo que tenés, te aseguramos que el resto vendrá cuando verdaderamente lo necesites.

Sabiduría de Osho

 
Foto: Paula Teller. Realización y producción de Building Ideas


Había un rey que tenía tres hijos y debía decicir cuál de ellos sería el heredero de su trono. Para ponerlos a prueba, le entregó a cada uno un puñado de semillas y se fue del reino durante un tiempo. Al regresar, los interrogó acerca del destino de las semillas: el primer hijo las había guardado en una caja fuerte inviolable. Estaban podridas y daban muy mal olor. El segundo había vendido las semillas en el mercado cuando su padre se fue y, al enterarse de que estaba por regresar, volvió al mercado y, con la plata de la venta, compró semillas nuevas. Y el tercer hijo eligió otra estrategia: salió al jardín del reino y esparció las semillas en la tierra. El rey estaba fascinado con la cantidad de plantas que florecían en su jardín, y decidió que él sería el heredero, porque había sido lo suficientemente sabio como para esparcir y compartir con otros los dones que le habían sido dados. Para multiplicarlos, para disfrutarlos.

Entonces, moraleja, ¿cuál es nuestro mayor desafío? No guardar las semillas de nuestra vida en la caja fuerte, sino repartirlas para que florezcan . Para que VOS florezcas.

¿Sos de acumular mucho? ¿Te cuesta desprenderte de algunas cosas?
Experta consultada: Lic. Inés Dates, Psicóloga.

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