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Marcela Kloosterboer: "Hay que liberarse de los prejuicios"

A pesar de su carita de ángel, su pelo de publicidad y su vocación ambientalista, Marcela Kloosterboer encarna por primera vez el papel de mala, y en esta nota se anima a contar sus costados más oscuros y luminosos

 
 
 
Remera con calado en hombros (Jazmín Chebar, $420), cuello de lana (Chocolate, $420), pantalón ancho (Leandro Domínguez, $693), blazer recto (Ayres, $1498), gafas (Infinit, $1200) guillermina con plataforma de madera y gamuza sintética (Bnedikta, $1320).  Foto: Martín Pisotti. Producción de Carol Schmoisman

Por Soledad Simond y Agustina Vissani

Llegamos al mediodía a los estudios de Zona Norte donde se graban los interiores de Los vecinos en guerra, la nueva tira de Telefe. La idea era que apenas terminaba, nos poníamos a charlar tranquilas con Marcela Kloosterboer. Pero un imprevisto cambió la propuesta. "Tengo otros planes para ustedes", dijo Marce cuando nos vio, y nos invitó a viajar con ella en la combi que la llevaba rumbo a Pilar, al barrio cerrado en que transcurre esta historia en la que interpreta a Carolina, una psicótica obsesiva. Pasamos una tarde entera con ella, conocimos las casitas tipo Amas de casa desesperadas (¡en las que, mientras los actores graban, siguen viviendo los dueños!), hablamos de su nueva faceta como "la mala de la novela" y nos pusimos al día con todo: las escenas hot con Diego Torres; ser concubina de su novio, Fernando Sieling; su humor cambiante o su relación con la fama. En un momento, sonó el teléfono, y, desde entonces, siempre lo tuvo en la mano. Es que le habían avisado que uno de sus perros adoptados se había escapado otra vez. "Eso que te dicen de que el perro de la calle es agradecido y siempre se queda con vos, en este caso, es mentira. Este tiene alma de vagabundo y no hay con qué darle", dice riéndose, y sigue paso a paso (o mensaje a mensaje) la búsqueda. Es que los vecinos ya lo conocen y, como tiene chapita, siempre lo llaman a Fernando para avisarle dónde está y que lo pase a buscar. "Ahí le dijeron que está en una rotonda, cerca de casa. Les dije que siempre aparece".

¿Tenés la casa llena de perros adoptados?
¡No! Tengo tres, nada más. Pero cuando encuentro alguno, me lo llevo a mi casa, lo cuido, lo recupero si está enfermo, lo vacuno, lo castro y lo pongo en adopción. Es importantísimo castrarlos, porque estos perros callejeros siempre tienden a volver a la calle y es fundamental que no sigan reproduciéndose, si no, muchos terminan muriendo de hambre o atropellados en la ruta.

Tenés todo aceitadísimo...
Sí, es algo que me preocupa y que me apasiona. Igual, es un re laburo todo el proceso de darlos en adopción porque nunca sabés a quién dárselos o cómo los van a tratar. Pero lo que sí tengo claro es que hay que fomentar la adopción. No hace falta salir a comprar cuando hay taaantos perritos divinos y sin dueño.

¡Ay!, esta faceta no hace más que alimentar tu perfil de "la chica buena", que, como si fuera poco, tiene un pelo increíble (es embajadora de Pantene)... ¿Tenés algún defecto?
Obvio. Soy muy acelerada, medio hiperquinética, y tengo un humorrrrr...

¿En serio?
Sí, un carácter terrible. Soy bastante ciclotímica. Tener hambre me pone de mal humor, el tráfico... En un momento está todo bien y de repente me salta la térmica y agarrate. Por suerte, mi novio, que convive conmigo, me sabe llevar.

Igual, si hay un defecto que no tenés, es el mal gusto. ¡Siempre saliste con bombonazos!
Y sí, tengo buen gusto. Es que por algún lado te entran los hombres, y a mí me entran por los ojos. Obvio que después los conocés y te enamorás.

VIDEOEl backstage de la producción de Marcela Kloosterboer
 


Ahora, con tu novio se fueron a vivir a Zona Norte, ¿no?
Sí, y estoy feliz. Es un placer vivir lejos de la ciudad.

¿No extrañás tener el cafecito de la esquina o la comodidad de "salgo y tengo una amiga cerca..."?
No, porque no soy nada vaga, saco el auto y voy. Me gusta manejar y no tengo problema con eso. Me encanta tener más verde, y es un placer vivir alejada del lío de la ciudad, está bueno.

¿Te cambió mucho?
Sí, creo que sí. Es lo que necesitaba. Creo que todos vamos hacia algún lugar, hay personas que, por la forma de ser que tienen, son más para la casa, el parque y los perros. Esa es mi esencia: vivir al aire libre, hacer deportes, conectarme con la naturaleza.

Y la convivencia, ¿qué onda?
Bárbaro, por suerte.

¿Te pesa que Fernando no sea vegetariano como vos?
Me gustaría que fuera, pero por otro lado lo respeto, siempre respeté a los que comen carne, soy cero fundamentalista. De hecho, en la casa de mi familia la "rara" era yo, nadie me acompañaba con la dieta veggie. Igual, él no come tanta carne.

Pero no sos de las que todavía tienen problemas con cocinar carne, ¿o sí?
Sí, yo no toco la carne. Él aprovecha para comer cuando sale con los amigos o en los asados del fin de semana. Igual, es la típica: tirás un par de verduras al asador y, al final, todos las quieren probar.

¿Cuáles son las claves básicas para una buena convivencia?
Tip número uno: independencia. Que cada uno tenga sus cosas. Obviamente, ser unidos y acompañarse, pero también es bueno que cada uno tenga sus lugares, sus salidas... Es básico que la pareja no se simbiotice. Después, la tolerancia... Darse cuenta de que el otro es distinto de uno y tiene otros tiempos. Aceptar eso y no tratar de que el otro tenga los tiempos de uno, porque por ahí yo quiero hacer esto ya, rápido, y él, más a su tiempo, y bueno, listo, que lo haga cuando pueda.

Cuando pueda, cuando le salga, pero que sea rápido.
Claaaaro. ¡Qué malas somos, en el fondo!

Y ahora vos estás más mala que nunca. ¿Te gusta ser "la mala de la película" en Los vecinos en guerra?
Sí, un poco lo busqué. Es que tenía muchas ganas de hacer algo distinto, y lo estoy disfrutando un montón. Es mucho más divertido hacer de la mala que de la buena. Tampoco es mala, ¿viste? Ella es psicótica, vive en una realidad paralela, no escucha nada de lo que el otro le dice, solo tiene un objetivo y quiere eso. ¡Qué va a hacer! No puedo dejar de defender a mi personaje...

 
Remera con carita (Garza Lobos, $380).  Foto: Martín Pisotti. Producción de Carol Schmoisman


¿Y qué mecanismo usaste para meterte en la piel de una psicótica?
No escuchar al otro. Siempre el trabajo del actor tiene que ver con escuchar, y en este caso no registro nada de lo que le dicen, para lograr que el otro se desespere. Ella piensa que va a conseguir lo que quiere y va. Tiene la realidad totalmente distorsionada.

¿Te relaja tener un papel que te deje mostrar una faceta más oscura?
Sí, me encanta. Porque la verdad es que en mi vida tampoco soy la chica buena y súper amorosa que todo el mundo ve. Tengo mi carácter y mis cosas, como decía. Pero pasa que el público te relaciona inevitablemente con los personajes que hacés, y si siempre hacés de la buena y divina, terminás siendo buena y divina... Pero en la vida no somos ni tan buenas ni tan malas y, por otro lado, está bueno para los actores tener la posibilidad de mostrar un poco de todo.

¿Cómo te llevás con el público y la fama?
Ufff, ese es un temón. Siempre me costó bastante. De repente, ir a un lugar con toda mi gente y que me pidan una foto todavía me cuesta, y digo: "Ay... ¿Por qué...?". Después de veinte años, me sigo quejando. Sé que el reconocimiento al trabajo está bueno, pero me cuesta... Quizás estás en un mal día, salís a la calle y tenés que andar sonriendo porque si no, es: "Uy, esta tiene una mala onda". Creo que la clave para los actores es no olvidarse de eso: es un trabajo como cualquiera, y la exposición es una de sus características.

Y tu entorno, ¿cómo lo vive?
Están súper acostumbrados. El año pasado me fui con mis primas a Disney, y venía alguien, quizás, a preguntarme: "¿Te sacás...?", y mi prima decía: "No, estamos de vacaciones igual que vos así que no se va a sacar ninguna foto".

Ah, ya están re entrenadas.
Sí, recontra.

Además, hay argentinos en todos lados...
Parece que en todos lados menos en Hawái. Mi hermano se fue a vivir allá hace dos años y está chocho con que nadie le pregunte por mí. Cuando vivía acá y estaba el éxito de Valientes, me decía: "Qué suerte que a vos te vaya bien, pero para mí es un garrón porque me preguntan más y yo ni sé quién es Luciano Castro". Lo entiendo, porque de última yo puedo hacer ese análisis de que es mi trabajo, pero los de alrededor no tienen nada que ver.

¿Ustedes son muchos hermanos?
No, solo nosotros dos. Tiene un año y medio más.

¿Y tenés sobrinos?
No, todavía no.

Qué bueno... Todo por venir, entonces.
Sí...

¿Tus viejos hinchan mucho para que les den un nieto?
No, mi mamá es cero...; no sé si decir "tradicional" en ese sentido de "que los chicos se casen, que tengan hijos". Es más, los dos, mi hermano y yo, nos fuimos a convivir sin casarnos. Imaginate lo poco estructurado que es mi papá que me dice: "No tengas hijos que no quiero ser abuelo".

 
Remera con carita (Garza Lobos, $380).  Foto: Martín Pisotti. Producción de Carol Schmoisman


¿Y es medio pendeviejo o...?
Es medio pendeviejo, sí (risas).

¿Vos tampoco tenés un rollo con "quiero ser mamá antes de tal tiempo o después de tanto..."?
No. El otro día le dije a mi novio: "Yo quisiera ser mamá antes de los 30", y me contestó: "Pero vos cumplís 30 este año".

O sea..., ¡ya!
Y dije: "Uy, cierto... Bueno". No, no, la verdad es que, hoy por hoy, no es algo que me preocupe, pero sí, obviamente, me gustaría tener un hijo en el futuro cercano.

¿Cómo vivís el cambio de década?
Muy tranqui, no tengo ningún mambo con cumplir 30. Sí creo que te vas viendo en perspectiva y que lo que a los 20 pensabas que tenías claro, ahora te das cuenta de que, al final, no era nada que ver. También trabajar desde chica me hizo madurar antes en muchas cosas. No me molesta para nada la edad ni cumplir años. No tengo un tema con eso porque creo que está bien vivir cada etapa.

Y cuando mirás para atrás, ¿te arrepentís de algo?
No sé, no soy de arrepentirme. La verdad es que fui haciendo las cosas no tanto por obligación sino por lo que iba sintiendo en el momento y por lo que me daban ganas de hacer. Mi vida está muy ligada con el trabajo porque laburé siempre, pero tampoco me perdí otras cosas por estar trabajando. Hoy, lo que agradezco y me da mucha felicidad, es poder tener a mis amigas de toda la vida, que me conocen, que ven un programa y me dan su punto de vista desde su lugar, y si les gusta, lo miran, y si no, no. Está bueno para este trabajo tener gente que te acompañe de siempre, que no ve al personaje sino que te ve a vos.

 
Suéter de lana multicolor con cuello bote (Lupe, $1120), calza de lana con estribo (Jazmín Chebar, $720), zapatillas de tela (Adidas Originals, $569).  Foto: Martín Pisotti. Producción de Carol Schmoisman


¿Y cómo sos vos?
Es difícil esa pregunta, habría que preguntarles a ellos. Ya hablé de mi mal humor y de que soy hiperquinética. Pero, más allá de eso, soy una persona tranquila, me gustan las cosas simples, estar en familia o con mis amigas. Como que soy muy sensible y sentimental en ese sentido. No me gusta enroscarme con las situaciones, soy súper pragmática y resolutiva.

Recién decías que no te arrepentís de nada porque siempre fuiste haciendo lo que te daba ganas, ¿alguna vez rompiste el molde?
Tuve ganas de hacer esos programas de work & travel en los que viajás por tres meses y trabajás en otro país de algo que no tiene nada que ver con lo tuyo. Mi hermano lo hizo varias veces y yo estuve a punto, pero al final no me animé y solo fui a visitarlo. Había muchos argentinos. ¡Ah! Por ahí cuando hice campaña de ropa interior, que nunca hubiera hecho, y de repente...

Megacartel con tu foto en ropa interior en la Panamericana.
¡Tal cual! Un día, iba con mi hermano, que es un poco cuida, en el auto, vimos un cartel gigante mío y me preguntó: "¿Qué sentís cuando ves eso?", y le dije que para mí era como si fuera otra persona. Pero en ese momento, cuando acepté hacerlo, me pareció que estaba bien y lo hice. También influyó lo económico. A veces está bueno hacer algo así en vez de hacer un programa que no te da ganas y no está bueno. Creo que hay que ser inteligente, elegir y liberarse de los prejuicios. Todos pueden hacer todo, no hay que hacerles tanto caso a los rótulos o estereotipos.

El cuerpo es una herramienta de trabajo, ¿cuánta bola le das?
Hago gimnasia tres veces por semana, pero más que nada por esto de que soy hiperactiva y no puedo quedarme quieta. Pero hacer dieta para mí es imposible. A veces digo: "Bueno, esta semana voy a comer menos", pero siempre termino tentándome con algo.

¿Qué gimnasia hacés?
Salgo a correr con mi entrenador por las calles cerca de mi casa. No soy de las que se matan con aparatos.

¿Y qué otras cosas hacés mientras no grabás?
El año pasado estuve tomando clases de canto. Me encanta cantar, siempre me gustó. También tengo clases de conversación en inglés una vez por semana en mi casa. Me gusta estudiar y aprender, soy bastante curiosa, y los idiomas son lo más.

 
Vestido de algodón con pitucones (Leandro Domínguez, $654), gorro de lana con orejas de pompón (Las Pepas, $199), zapato acordonado de tela (Natacha, $450).  Foto: Martín Pisotti. Producción de Carol Schmoisman


El canto tiene algo muy espiritual en esto de escuchar la propia voz y conectarse con lo que te pasa. ¿Te pegó también por ese lado?
Sí. Es muy difícil escucharse, pero sí. Me pasó que en el momento en que estaba estudiando me escuchaba mucho más y estaba más consciente de la voz y de la respiración.

Empezaste terapia de grande, ¿qué lugar ocupa hoy en tu vida?
Sí, no había ido nunca, y hace dos años y medio me dieron ganas de empezar para probar. Mi mamá es psicóloga social y tengo por ahí un poco el chip de la psicología desde que era chica. Ahora descubrí que ese puede ser un espacio para ir a descargar. Además, yo soy de hacerme preguntas y de analizar todo lo que me va pasando; entonces, está bueno para mí, para aclarar.

¿Tenés algún miedo irracional, algo que sientas que te paraliza?
¿Miedos...? No sé. Bueno, con el trabajo pasa que entrás en un lugar, trabajás cinco años; empezás otra cosa, trabajás un año, te va bárbaro; y al otro año, de repente te encontrás con que no estás trabajando. Es muy inestable. Pasás de ser una especie de dios a ser una cucaracha en un segundo. Entonces, en esas rachas en las que no sale nada, es difícil no tener miedo, no pensar en la posibilidad de que nada vuelva a surgir. Pero para que esto no pase y no te vuelvas loca, lo más importante es que cuando te va bien, no te la creas tanto.

¿Cómo hacés para no creértela?
Es que hay una fantasía muy grande con los actores y con todo este mundo, pero yo desde siempre intenté tomármelo como un trabajo más. No me gusta hablar del laburo en casa, no me gusta que me pregunten demasiado... Era muy chica en casa cuando empecé a trabajar, pero les puse los puntos a todos desde el principio y hoy me da cierto orgullo que mi familia, mis amigas y mi novio sean todos cero cholulos. Sería lo peor que podría pasarme.

Pero ¿tampoco te gusta que miren lo que hacés?
No, no me molesta, pero tampoco me molesta que no lo miren. Y ellos, con toda la libertad, miran lo que les gusta y lo que no, no. Obvio que siempre ven los primeros capítulos de cada proyecto que empiezo y me llaman para desearme suerte. Pero como si empezara un laburo en cualquier otro ámbito. Como a cualquier persona, creo.

¿Vos sí te mirás?
Cuando puedo lo miro, para ver qué estoy haciendo, y me critico un montón. Soy de criticarme mucho, no puedo controlarlo. Siempre encuentro algo que no me gusta.

Todo el mundo habló de lo diosa que estabas en las escenas hot con Diego Torres. ¿Eso también lo criticaste?
(Risas). No fue lo más cómodo que me tocó hacer. Pensá que era el primer día que trabajábamos juntos y, de repente, estaba en corpiño, a los besos, tirada en una cama...

 
Suéter de lana con mangas de gasa (Lupe, $790).  Foto: Martín Pisotti. Producción de Carol Schmoisman


Y él además en plena cuarentena (tuvo una hija con Débora Bello hace tres meses)...
No, igual, aunque suene a cliché, esas escenas son lo menos sexy que hay. En realidad, siempre estás tapada. Las cámaras hacen que parezca que no, pero sí. Está todo súper coreografiado y hay un montón de cámaras, técnicos y directores dando vueltas por ahí.

¿Qué onda ser la competencia de tu histórico jefe (por Adrián Suar, que protagoniza Solamente vos por El Trece)?
Todo más que bien. Son dos comedias diferentes y está bueno que haya espacio para las dos. No es necesario que una haga cuarenta puntos y que la otra sea un fracaso. Podemos hacer las dos dieciocho y ofrecer un producto de calidad, que guste y que nos guste.

¿Y a vos te gusta?
Me encanta. Me divierte mucho hacerla y verla. Estoy feliz con mi personaje, se le puede sacar muchísimo jugo. Además, esto recién empieza.

Maquilló Bettina Frumboli con productos Lancome. Peinó Maia Rohrer para Frumboli Estudio con productos Joico Senscience. Agradecemos a María Sol Álvarez, Pilar Condomi, Galpón Chic, Bar Seddon Restaurant y Big Sur Company por su colaboración en esta nota.

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