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Cambiar para ayudar

Caty Hornos nos cuenta cómo y porqué renunció a las comodidades de su casa y se instaló en Santiago del Estero para combatir la desnutrición infantil

 
 
 
Cathy Hornos se instaló en Santiago del Estero para combatir la desnutrición infantil, desde hace cuatro lucha por esa causa.  Foto: Mariana Roveda

Por Constanza Crotto

"Necesitaban a alguien que se hiciera cargo de los chicos"

Estudié en un colegio religioso y tuve como referente a una hermana mayor muy generosa. De chica, armaba grupos para ir al Hospital de Niños o a geriátricos, siempre estaba metida en algo. Durante varios años, fui a misionar y, al volver, me quedaba dando vueltas en la cabeza cómo sería el día a día de la gente en esos pueblos tan desolados y olvidados que dejaba atrás. Estaba terminando de estudiar Psicopedagogía, en 2005, cuando me propusieron viajar a Añatuya por una semana para hacer una orientación vocacional con alumnos de una escuela rural. Una vez allí, la directora del colegio me explicó que, más que gente que fuera y viniera, necesitaban alguien estable, que se hiciera cargo de los chicos que llegaban desnutridos, muertos de hambre, y que por eso tenían problemas de aprendizaje. Era mi primer día en Santiago, pero no lo dudé: le prometí que cuando terminara la carrera, en unos meses, iba a volver. Algunos no me tenían fe, pero yo sabía que iba a cumplir.

"Cuando me fui, mis padres tenían miedo y yo, incertidumbre"

Cuando llegué a casa y les conté a mis papás que iba a hacer una experiencia de cinco meses en Añatuya, no les gustó nada. Igualmente, no les di demasiado espacio para opinar. De impulsiva que soy y sin pensar demasiado en qué sería de mí en el futuro, pedí una licencia en el trabajo, armé un bolso con poca ropa y partí. Todavía me acuerdo de mi familia despidiéndome en Retiro, de cómo lloraban todos. Mis padres tenían miedo y yo, incertidumbre. Pero estaba convencida: quería viajar para convivir con la pobreza, con la gente más necesitada. Y, sobre todo, quería ser útil, ayudar. Cualquiera podría reemplazarme en mi trabajo en Buenos Aires, pero lo que haría en Santiago nadie lo iba a hacer. Hacía más falta allá que acá.

"Fueron meses de esfuerzos y aprendizaje"

En este primer viaje conocí una realidad que me pegó fuerte. La pobreza, la miseria. Sufrí un montón, no podía creer lo que veía. Desde un bebé quemado en la incubadora hasta gente con apendicitis que se moría en los hospitales porque no la trasladaban a tiempo. Todos me contaban sus dramas y yo absorbía tanto que a veces también explotaba y lloraba muchísimo. Fueron meses de esfuerzos, de sacrificio y aprendizaje. Yo ayudaba en la cocina y daba apoyo escolar. A las chicas que venían del monte les enseñábamos de todo: desde cómo comer con cubiertos o cruzar la calle hasta a usar un inodoro porque, acostumbradas a las letrinas de sus casas, apenas veían uno se paraban arriba de la tabla.

"Si quería vivir la experiencia real, tenía que comer lo que había para comer"

En la casa de mis papás siempre hubo una empleada para ayudar, así que pocas veces hice la cama, quizás algún domingo. No sabía cocinar y era bastante maniática con la comida, una de las cosas que más extrañé cuando me instalé en Santiago. Al mediodía, se cocinaba guiso o estofado, y a la noche, torrejas, que son como croquetas hechas con las sobras de todos los platos. ¡Me quería morir! Al principio, la pasé mal y bajé mucho de peso, hasta que en un momento reflexioné: si quería vivir la experiencia real, tenía que comer lo que había para comer. La idea era vivir su vida, no la mía. Además, no tenía plata, así que, si quería subsistir, no me quedaba otra. También extrañé un buen baño, con agua caliente y una ducha con mucha presión. En Añatuya el agua es un recurso súper escaso y nos pasábamos semanas comiendo sobre platos sucios que limpiábamos con papel. Éramos cincuenta personas compartiendo baños sin una gota de agua y, para conseguir para tomar, teníamos que ir hasta la Municipalidad y cargar en baldes.

"Me desesperaba ver gestos de derroche"

El viaje de vuelta a Buenos Aires fue durísimo y me sirvió para ver cómo doce horas separan realidades tan distintas: en una punta la gente se muere de hambre mientras que en la otra vive tanto más tranquila. Los primeros días fueron difíciles, era inevitable juzgar a la gente de acá. A mi hermana, que me mostraba la ropa que se compraba; a mis amigas del colegio, que hablaban del pelo, de las uñas, del boliche. Me desesperaba ver gestos de derroche habiendo tanta hambre para saciar, me enojaban las estupideces. Hasta que vi lo soberbio que es pensar que solo es importante lo que yo considero como tal. Trabajé mucho este tema y entendí que cada uno tiene sus prioridades y que yo no soy quién para juzgarlas.

 
De chica, armaba grupos para ir al hospital de Niños o a geriátricos.  Foto: Mariana Roveda

"Tenía la cabeza más allá que acá"

Volví sabiendo que aún me quedaba mucho por hacer por Añatuya. Quería evitar el cierre de un hogar de niños por falta de fondos, así que armé una cadena de mails en busca de padrinos para juntar plata y mantener el albergue en funcionamiento. Mi idea era viajar una vez al mes con un grupo de amigos para acompañar a los chicos y seguir su crecimiento. Ese fue el origen de Haciendo Camino, en junio de 2006. Mi residencia fija era en Buenos Aires porque había arrancado la carrera de Psicología, pero sí o sí viajaba a Santiago dos veces al mes. Estudiaba y trabajaba, pero tenía la cabeza más allá que acá. Me pasaba noches enteras pensando cosas para hacer con la fundación y disfrutaba tanto cuando me iba que decidí hacer al revés: instalarme en Santiago y viajar a Buenos Aires mensualmente.

"La relación con mi novio entró en crisis "

Cuando tomé la decisión de volver a Añatuya, la relación con mi novio entró en crisis. Estaba en ese momento en el que dábamos un paso más o cortábamos. Él me decía: "Si vos te vas, estás eligiendo", y yo sabía que era cierto. Me angustiaba porque sentía que eran dos cosas que quería hacer, pero al mismo tiempo tenía claro que no eran compatibles. Tratamos de remontarla a pesar de las peleas hasta que no dio para más. Cuando una elige, tiene que resignar otras cosas buenas, y yo entendí que en ese momento lo mejor era separar los caminos y dedicarme a los proyectos que quería encarar. El tema con mis papás tampoco fue fácil. Ellos estaban preocupados, me veían demasiado desprotegida, querían que yo me metiera de lleno en mi carrera, en mi trabajo, que me fuera a estudiar a otro lado. Sus ambiciones eran distintas de las mías, pero yo estaba convencida de lo que quería: trabajar para que la gente tuviera un proyecto personal y así pudiera salir de la situación de pobreza.

"A veces me quedo sin fuerzas para luchar"

En 2009, me instalé en una casita que me prestó el obispado. En Añatuya me esperaba un proyecto que me tenía muy entusiasmada: construir un edificio para hacer un centro de prevención de la desnutrición. Fue todo un desafío dirigir una obra en un lugar súper machista, con una cultura de trabajo totalmente distinta de la mía. Lo más difícil de esa época fue la soledad, estar tan lejos de los afectos, vivir en un lugar donde no tenía con quién hablar cuando estaba triste, donde mi vida social era escasa o nula. Me pasa que a veces siento que no aguanto más, que me quedo sin fuerzas para luchar, especialmente cuando la gente no responde como quiero. Pero, por suerte, no estoy sola en esta lucha y cada vez se suma más gente que también percibe la necesidad y quiere aportar a cambiar la realidad. Somos un equipo grande, comprometido, que cree que todos merecemos vivir una vida con más oportunidades.

"Me gustaría casarme, tener hijos biológicos y adoptivos"

No sé si me quedaré en Añatuya, pero sí estoy segura de querer vivir en un pueblo del interior. Priorizo calidad de vida, una rutina más tranquila. Me gustaría casarme, tener hijos y educarlos de una manera más inclusiva, más igualitaria con la gente de bajos recursos. Ojo, no reniego de los valores que me inculcaron, creo que en parte una es lo que es por la educación que recibió, pero me gustaría desarrollar en ellos un sentido de la solidaridad más profundo. Además de tener hijos biológicos, me encantaría adoptar, especialmente chicos más grandes, tipo de ocho años, a quienes nadie quiere porque se les pasó la edad. Me siento capacitada para contenerlos y sostener sus problemas.

"Estoy convencida de que no hago un sacrificio, sino lo que me hace feliz"

Hace cuatro años que estoy instalada en Santiago. Muchas veces, pienso que mi vida es construir para otros, que no hago nada por mí, que estoy ayudando a remontar vidas ajenas sin tener una propia. Son las mismas mamás que vienen a los centros las que me dicen: "Caty, vos nos ayudás a construir una casa y no tenés la tuya". La gente también se pone mal cuando se entera de que no tengo agua caliente ni aire acondicionado o que la ropa que uso me la donan mis amigas. ¿Por qué se afligen si yo no tengo para comer cuando hay tantos chicos que no se alimentan? Es simple: porque no conocen esa realidad. Una cosa es saber que la pobreza existe y otra muy distinta es convivir con ella. Una vez que entrás en contacto con el que sufre, no podés quedarte ahí sin hacer nada. Estoy en una etapa en la que pienso que mientras esté en Añatuya, voy a dar el máximo de mí. Convivir con el drama y el dolor es una carga pesada, pero cada vez estoy más convencida de que esto no es un sacrificio. Yo sé que hago lo que realmente me gusta, lo que me hace feliz.

Su compromiso solidario
Caty Hornos preside la asociación civil Haciendo Camino, que nació en 2006 con el objetivo de mejorar la calidad de vida de familias y niños en situación de pobreza. Para eso, la fundación fue abriendo centros de prevención y tratamiento de la desnutrición infantil en Santiago del Estero y Chaco.

En los establecimientos se trabaja con los chicos y con sus mamás. Se les enseña a las madres a cuidar de sus hijos para que crezcan sanos, se las capacita en un oficio para que generen ingresos y se trabaja en la economía doméstica para que administren bien su dinero y puedan cubrir las necesidades básicas de sus hijos.
Más información:haciendocamino.org.ar .

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