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Hoy escribe Vildalive*

 
 

Miro la hora en la esquina inferior derecha de la pantalla. ¡Faltan sólo veinte minutos! Es hora de cerrar el archivo y apagar la computadora.

Miro el celular: ninguna llamada perdida, ningún mensaje de texto con cambio de planes imprevisto de marido o chicos. Repaso mental: Amparo está en el taller de plástica, la busca Javier a la salida; Octavio está en la práctica de fútbol, cuando termina vuelve a casa en colectivo.

¡Bien! ¡Los planetas están alineados! Agarro la cartera y la mochila de "Salven las ballenas". Camino las ocho cuadras que me separan de la vieja casona. Los pies me llevan rápido, por mi mente todavía dan vueltas algunas preguntas: ¿esa notificación habrá sido válida?, ¿el acto administrativo podría haber sido retroactivo en el caso?

Casi sin darme cuenta, ya estoy en la puerta. Toco el portero.

-¿Quién es?

- ¡¡¡Vilda!!!

Trrrrrrrrrrrr. Empujo la puerta. Subo los dos tramos de escalera mirando por enésima vez la foto de la zapatilla rota y el afiche de "Rendez vous a Santa Fe" que decoran las paredes. Sigo hasta el fondo, al vestuario. Están Liza y Laura, cambiándose. Saludo rápido, saco todo lo que hay adentro de la mochila, lo distribuyo sobre el banco, me desvisto, y entonces me pongo la malla, el cancán sin pies -bastante roto, no sé por qué los bailarines tenemos especial afición por la ropa destruida-, una remera vieja de Javier -¿no te digo?-, me calzo las zapatillas, agarro el peine y de memoria me hago un rodete con una colita y dos ganchos. ¡Listo!

Entro al salón. A ese salón viejo, con techo de doble altura, piso de madera y puerta plegadiza blanca, con vitrales de colores arriba. Dos enormes ventanales se abren hacia la plaza San Martín, y el perfume de los tilos entra a bocanadas.

Me estiro un poco, saludo a los que ya están ahí -Ximena, Enrique, Milena y Diego-, y al ratito entra Ricardo. Conecta el equipo de música y nos ubicamos en la barra.

El piano suena y los ejercicios se van sucediendo. Siento los músculos estirarse, las articulaciones abrirse, las vértebras sacudir la inmovilidad a que la computadora las condena. El aire que entra a fondo en los pulmones. Estoy muy concentrada, intentando fundir, o confundir, mi cuerpo en esas líneas ideales en su perfección, pero reales en mis propias y concretas posibilidades. Estamos todos iguales, cada uno en lo suyo... hasta que Liza hace un comentario descolgado, o Ricardo imita algo que nos sale mal, y entonces sí, largamos la carcajada...

Termina la barra y viene la pausa. Ricardo sale y vuelve a entrar con el mate. Me tomo dos mates y ayudo a correr las barras.

Y ahora viene el centro. La parte de la clase más parecida al escenario. Tendu, adagio, vals, giros y saltos. Unos atrás de otros. Es el momento de bailar, de bailar de verdad, de dejarse invadir por la música, de contagiarse de su espíritu, de vibrar, volar, emocionarse, sentir...

La clase llega a su fin. Como siempre, como lo indica la tradición, se cierra con un aplauso. Un aplauso que se dedica a ella, a la danza.

Todavía en las nubes, vuelvo al vestuario, me desvisto y me visto. Saludo a todos y me voy. Entro a mi casa, sigo sintiendo los pulmones bien aireados y los músculos estirados. Amparo y Javier no llegaron aún. Octavio está en su cuarto, en Facebook. Tiene el pelo mojado, ya se bañó.

-¡Hola, hijo!

-Hola, ma.

Me da un beso.

Y como lo hace algunas veces, me pregunta (así, de la nada):

-¿Qué tal tu vida, ma?

Y yo le contesto:

-Re bien, hijo. Hoy fui a danza.

Y sí, la danza es "mi yoga". ¿Y ustedes? ¿Tienen su propio "yoga"? ¿Le dedican algún tiempo? Si todavía no lo han encontrado, ¿lo están buscando?

*Vildalive es comentarista del blog y fue votada para escribir el post diario.

PD de Inés: Que tengan un muy lindo fin de semana.

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