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La vida es hoy

 
 

El viernes por la noche hicimos la segunda y última muestra. Lo técnico (luces, tiempos, entrada y salida de temas musicales) estuvo más prolijo y aceitado que el miércoles pasado, y eso permitió que lo otro (la recreación de los relatos en ese tiempo y espacio) se luciera.

Y sin exagerar (bueno, un poco sí exagero) lo que vivimos rozó por momentos lo mágico. Por lo menos hacia el final hubo un par de momentos especialmente intensos.

El primero: cuando Florencia, alumna, leyó su escrito acerca del agua, elemento protagonista de la muestra, justo en ese lapso de tiempo, en esos 2 minutos, se empezaron a escuchar gotas golpeando el techo. Una lluvia breve, un chaparrón pasajero que, dado el pequeño contexto, parecía todo un efecto especial.

El otro momento: el final con la lectura del segundo texto de Juliana. Uf. Relato acerca de la muerte de su abuelo Keko (¿se acuerdan del abuelo Keko?), de la primera vez que Juliana se había cruzado con La Que Les Jedi... y de la conciencia de finitud que con el tiempo había ido ganando.

Mientras ella leía descubrí entre el público presente algunos rostros emocionados (llorando), y hacia el final yo misma me sentí capturada por la presencia, por la viveza, por el sentido de sus palabras. Obvias, trilladas y aun así, contundentes como pocas veces:

"Inexorablemente, cada vez que nos encontramos, (la muerte) me recuerda que algún día vendrá por mí; y a mí me cae la ficha de que esto que vivo como una seguidilla de días, semanas y meses, en realidad es una vida (...) Que el almanaque que nos regalamos todos a principio de año es una mentira, que nadie tiene garantizado que vivirá doce meses más. Que cada día es un don, que estamos vivos, que la vida es hoy".

Aplausos. Aplausos que se convirtieron en una descarga necesaria para el cuerpo. Felicitaciones, abrazos, sonrisas, comentarios varios. Y mientras todos seguían conversando animados, yo iba desarmando la mini puesta porque debía entregar la sala a tiempo.

Ya alistados, bajamos. Abrí la puerta, me despedí de 3 alumnas y su respectiva compañía, todos felices, agradecidos, sonrientes. Cerré. Quedaba una sola alumna (Paula) con su madre, amiga y abuela. Y entonces miré la hora, faltaban 10 minutos para las 10 y dudé: "No sé si tengo que quedarme esperando a las personas que van a venir a usar el espacio". Sí, me había quedado sola, sin las chicas (dueñas), con mi juego de llaves. Por las dudas, pues, llamé a una de ellas. Ocupado. Llamé a la otra. No me atendía. Y así habré estado unos 3 minutos hasta que de golpe... un tiro proveniente de la calle, justo del otro lado de la puerta. Uno no, dos, tres, ¡cinco tiros!, gritos desesperados, golpes, forcejeo de cuerpos... ¡Oh, Dios Santo, entramos en pánico! Pese a éste, no dejé de poner llave ni de apagar la luz, ni de indicarle al resto, en tono peliculesco: "¡Todas arriba, vayan!". Yo misma subí. Los gritos y golpes seguían, no sé entendía un pomo qué estaba pasando, fueron minutos eternos. Paula intentaba comunicarse con la policía, no lográndolo, la abuela, asustada, sin poder subir la escalera, etc. Cuando por fin llegamos a la ventana y la entornamos, entendimos mejor lo que quedaba de la escena. Una pareja, ella muy alterada, agitadísima, él golpeado, sentado en el suelo. "No veo sangre", observó Paula, para mi alivio, para nuestro alivio y ya con la aparición de terceros calmando a las víctimas del asalto (le habían robado la moto), nosotras también lo fuimos haciendo. Todo esto en la calle frente a gran supermercado y a una cuadra de un conocido instituto universitario.

Pfff, "la vida es hoy" habían sido las palabras finales de Juliana y allí estaba sintiéndolas de pies a cabeza, conmovida, todavía asustada, entristecida, revuelta... y agradeciendo mucho estar volviéndome rápido a mi hogar para mirar a mis hijas durmiendo y besuquearlas.

Y ahora agrego: "La vida es bella, cuidémosla y Dios quiera algún día logremos una mejor convivencia".

¿Cómo están hoy? ¿Y cuáles fueron los momentos más intensos de su fin de semana?

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