Unos amigos se separaron y quedé en el medio. Soy amiga de los dos, los quiero mucho. Entonces me tocó escuchar ambas campanas que resuenan con una irremediable verdad: algo se terminó. Ambos están destrozados, pero ya no pueden estar juntos. Él es muy "algo", ella es muy poco "otra cosa". No encajan. Cada uno tiene necesidades que el otro no puede atender, porque está resolviendo las propias. ¿Cómo construir un vínculo cuando ni siquiera llegamos a ser media naranja -ni te digo naranja entera- sino que más bien somos un gajo seco que quedó olvidado en la heladera?
Después de varias crisis y rupturas amorosas, tomé conciencia de que yo debía estar bien para tener una pareja sana y armoniosa, porque si seguía pidiéndole al otro lo que me faltaba nunca iba a ser suficiente. A veces era que me diera seguridad económica, otras que fuera más romántico, otras que se relajara, otras que se comprometiera, y así., pero siempre había un agujero. Cuando revocaba a uno, aparecía otro, sin fin. Recuerdo que en una de esas oportunidades que estaba frente al abismo de una relación, decidimos ir a terapia de pareja. Él, anti-psicólogos, había decidido ir porque ya no quedaba otro remedio; y yo, psicoanalizada desde la adolescencia, estaba en mi salsa. Secretamente tenía una certeza: cuando llegáramos allí la terapeuta le sacaría la ficha rápidamente y le diría a él todo lo que yo pensaba que debía cambiar, por el bien de nuestro amor. Pero sucedió algo curioso, después de la sesión dijo estas sencillas palabras: "Muy bien, entonces vamos a seguir así, Sole está bueno que vos hagas terapia". ¡¿Eh?! "¿Y él?" "Empecemos trabajando en vos." Algo fallaba, ¡¿acaso yo no era perfecta?! Para nada, mi psico descubrió algo maravilloso: cómo usaba al otro de bastón y, en vez de mirar la pata que tenía floja, argumentaba lo malo que era el bastón que yo misma había elegido.
Entonces, en ese proceso aprendí a escucharme, a saber qué quería, a elegir a ese hombre con sus debilidades, a pensarnos como un equipo que podía potenciar nuestro crecimiento. Una gran herramienta en esa época fue no pedirle lo que él no podía darme porque no estaba en sus posibilidades o intereses y empezar a buscar en mi entorno quién podía suplir ese rol, que no tenía por qué ser de él, para cosas como desde ir al teatro hasta tener una charla profunda sobre mi trabajo. "No le pidas peras al olmo", dice el refrán, y yo agregaría: "¡si hay tantos perales!".
Por otro lado, me permitió conocerme a mí misma, porque al sacar la lupa de él, no quedó otra que mirarme a mí. Es por eso que las separaciones son tan poderosas; toda esa energía que invertías en el otro, vuelve -como un reflector- hacia vos.
Mi gran descubrimiento era esto de las naranjas (hoy estoy muy frutal): yo debía ser una naranja entera y encontrar a otro entero. Me volví consciente de lo que debía trabajar en mí y cuando puse manos a la obra, entonces vino alguien capaz de amarme sin condiciones, fuerte, estable, amoroso. ¿Otro hombre? No necesariamente, quizás el mismo, qué importa. Todos somos distintos a cada instante y podemos elegir ser mejores personas diariamente.
Me vuelve la separación, el dolor de mis amigos, y siento empatía por lo que deben atravesar, lo que todos atravesamos en el desafío de amarnos, de amar a los otros. ¡Qué viaje! Ojalá ellos puedan tener la claridad suficiente para aprender de esto y que el tiempo los encuentre en la aventura de crecer de a dos. O no, pero que aprovechen la travesía.
¿Cómo es para ustedes el crecimiento junto a su pareja?, ¿es posible?, ¿se potencian?
Agus, una lectora de Tomátelo con soda, mandó este videito (¡gracias!), que acompaña perfecto el tema. Una vez más, viajamos a París.
Abrazo,
Sole

Nombre: Sole Simond
Edad: 32 años
Profesión: Además de ser editora de OHLALA! desde que arrancamos, soy instructora de respiración de la Fundación El Arte de Vivir.
Estado civil: En veremos.
Mascota: Kali, una gatita siamesa.
Sueño: que este blog nos conecte con esos espacios que nos hacen bien.
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