Ayer salí a desayunar después de haber estado todo el sábado en cama (se me cayó el mate encima y me quemé bastante feo) y me colgué con una conversación vecina. Mientras yo hacía que leía el diario, en la mesa de atrás una joven llamada Sol contaba:
- Ayer le dije a una compañera de trabajo que me iría a Punta del Este de vacaciones y ella me respondió "¡Qué envidia te tengo!". Entonces le dije "¡Qué feo que me digas así". "Pero es envidia sana", me respondió. ¡No puede ser así, la gente debería alegrarse por lo lindo que le pasa al otro, ¿no?
Entonces el padre trataba de explicarle que es una expresión nada más. "No, no es una expresión, deberíamos cambiar este tipo de expresiones, lo que decimos está afectando lo que pensamos, lo que sentimos. Es como cuando mi amiga Flor me corregía cada vez que yo me decía a mí misma que soy una tarada, porque también es importante lo que nos decimos", retrucó acalorada.
Me hipnotizó su pasión para argumentar, sus ganas de cambiar el mundo: "Tenemos que ser mejores personas", concluyó.
Mientras me liberaba de la tortícolis por escuchar lo que no me correspondía, pensaba en mis propias envidias (desde cosas pequeñitas hasta las más grandes). ¿Es posible no sentir envidia? Mi gran estrategia, para esos casos, es observarla, no accionar desde la bronca, ni la sensación de falta, sino quedarme en el molde. Saber que esta emoción, como el resto, es pasajera. Preguntarme: ¿qué información me trae?, ¿qué tengo que ver/aprender con esto?
Entonces recordé una nota sobre el tema (escrita por Nuria Docampo Feijóo) donde Inés Dates, nuestra psicóloga de OHLALA!, aseguraba que era una emoción que muchas veces nos impulsa a superarnos, pero que otras nos hunde en la amargura de la carencia. Por eso, daba algunas herramientas para capitalizar este sentimiento desagradable. Lo comparto con ustedes:
Distraerse. Salirse de ese vicio molesta, duele; por lo tanto, hay que forzarse a hacerlo. ¿Cómo? Focalizando la atención en otra cosa y esperando a que se pase la química de la preocupación.
Observar nuestros logros. Puede ser algo concreto o el recuerdo de cualquier situación en la que hayamos experimentado triunfo, control o relajación.
Buscar compañía. Si es algo que duele mucho, podemos buscar consuelo en alguien, es un antiestrés muy eficaz. Pero sin palabras: o sea, no hablando del sentimiento en sí sino recibiendo mimos o manteniendo una charla sobre cualquier otro tema.
Darse un gusto. Otra salida eficaz es irse a un lugar de amor con nosotras mismas que nos dé placer, como caminar, comer tu plato favorito o una película tonta.
Dar señales claras. Lo importante es mandar una señal contundente a nuestro interior: podemos soportar tener estas emociones y pensamientos, pero no nos paralizan ni nos controlan.
¿Qué te parece?, ¿tenés alguna táctica propia?
(¡si nunca sentiste envidia, pasanos la fórmula por favor.!)
Que tengan una gran semana poniendo atención a tantas bendiciones que nos rodean J
Abrazo

Nombre: Sole Simond
Edad: 32 años
Profesión: Además de ser editora de OHLALA! desde que arrancamos, soy instructora de respiración de la Fundación El Arte de Vivir.
Estado civil: En veremos.
Mascota: Kali, una gatita siamesa.
Sueño: que este blog nos conecte con esos espacios que nos hacen bien.
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