En algún momento, todas dijimos: "¡Uy, me olvidé!". De un nombre, un turno, un recuerdo. Una vez, nos olvidamos un suéter en la oficina -bueh, mañana lo agarramos-; otra, las llaves de casa, y vino nuestro chico al rescate -uffff, le arruinamos el día-, y recordamos muy poco los nombres -¿cuáles? Todos-. Anecdótico. Hasta que perdemos el celular por quinta vez en el año y el tema ya no nos diverte. Estrés, infecciones, medicamentos y demencia son sólo algunas de las posibles causas de la pérdida de la memoria. Y la clásica y más habitual, la temida: edad. La cosa es que estamos hartas de que nos digan: "No te olvidás la cabeza porque la tenés pegada". No. Ni novias ni solteras ni casadas: somos "olvidadizas".
"Hola... ¡vos!" Así arrancamos gran parte de nuestros encuentros con personas conocidas desconocidas. Sí, leyeron bien. Las conocidas desconocidas son aquellas que conocemos -tal vez, incluso, desde la infancia- pero de quienes olvidamos completamente el nombre. Blanco total. A veces generamos situaciones como para que tengan que decirlo ("sí, qué divertido, desde chica tengo miles de apodos. ¿Cómo era el tuyo?") y otras veces tenemos que terminar con el mismo saludo ambiguo: "Bueno... Chau... Ojalá nos crucemos prontito". En fin, hay muchas maneras de tener un encuentro sin decir el nombre, y cada tanto, alguna de estas estrategias nos salva la vida. Por suerte, todavía nos pasa que en gran parte de las ocasiones saludamos, damos dos pasos y "¡aaayyy! ¡María se llamaba! ¡Sí!". Ufff, qué placer. Lo padecemos, claro. Porque él o ella sí se acuerda de nosotras (apellido incluido). La realidad es que estadísticamente, con el avance de la edad, disminuyen las capacidades cognitivas, y dentro de ellas, la memoria; pero uno de los factores clave que pueden provocar que una mujer joven se olvide de los nombres es la atención. ¿En qué estaremos pensando?
Retenemos caras, nombres, vestimentas, recorridos, pero ¿números? Ninguno. Nuestro celular vale más que nuestra caja fuerte. Nos lo robaron una vez. Las peores horas de nuestra vida: ¡no podíamos llamar a nadie ni hacer nada! Inmovilizadas. Ni nuestra propia línea recordábamos. Sí, ésta también estaba en nuestra agenda. ¿Y ahora? Menos mal que nuestra madre pasó de pesada a salvadora y nos supo decir nuestro propio número para tramitar el nuevo celular, con un pequeño detalle... ¡Tuvo que darnos su línea! Bien: un solo teléfono nuevo y es de nuestra madre, genial. Y luego, esperar que la gente llame. Porque perdimos la mitad de la agenda y recuperamos sólo a los que volvieron a llamar ( "lo importante no es que vengan, sino que vuelvan"). OK. Puede que no hayamos nacido con el "don" de recordar fechas insólitas y números eternos, pero tal vez sea cuestión de cultivar la memoria -poca o mucha- que tengamos. Porque lo cierto es que sí podemos tener mayor capacidad para recordar algunas cosas sobre otras. Ahí juega, básicamente, la implicancia subjetiva, el interés y cuánto se conectan los números con algo emocional. Y tal vez los números no estén entre las prioridades.
Ya no se trata de una traba especial. Simplemente nos olvidamos todo y en cualquier lugar. No discriminamos. Si nos entregan algo en la mano, sabemos que hay altas chances de que en algún momento "desaparezca". Ropa, objetos, regalos, carpetas, papeles, libros, ¡todo! Es una tendencia inevitable que nos convierte en paranoicas. Porque ahora, ya aprendida la lección, tenemos que tener cuarenta ojos. Mirar para todos lados y todo el tiempo como si acabáramos de asaltar un banco. Estamos 90 por ciento seguras de que en nuestro camino algo dejamos: un libro en el avión, un suéter en el bondi, los anteojos en el café... Los ejemplos son eternos. Y ni hablar de las que nos olvidamos las llaves de casa: un capítulo aparte. Nos toman de "desboladas", de "descuidadas", de "ingratas". Pero ¡nosotras amábamos esa campera! ¡Y nos costó medio sueldo! ¿Por qué nadie nos entiende? Nuestro psicólogo dice que, a veces, las cosas que se olvidan, o incluso las que se recuerdan por demás, están marcadas por el propio inconsciente (por ejemplo: perder algo que nos regaló alguien que nos cae mal). Así, esas situaciones no tienen más remedio que ser trabajadas en el diván. Podríamos probar.
También llamadas "memoria de mosquito". Nos acordamos de nuestra infancia y casi de nuestra primera palabra. Pero ¿qué teníamos puesto ayer? Ni idea. ¿Cómo puede ser? Somos las peores informantes, porque a la hora de contarle a nuestra amiga del alma cómo estaba su ex y cuán fea es su nueva novia: cri cri... cri cri. Nada les podemos dar. Inútiles totales: "No sé, era rubia..., de eso me acuerdo". Y gracias que sabemos que estaba. Sí, la gente que nos rodea se frustra mucho, especialmente cuando nos preguntan: "¿Y si me pongo el pantalón que tenía ayer? ¿Me queda bien?". Fallamos como consejeras de moda y de amor porque nos faltan los detalles. Y sólo podemos limitarnos a reír y pedir perdón. ¡Stop! No nos frustremos. Podemos saber miles de cosas que no recordamos de manera inmediata, pero cuando apelamos a esa información que seguramente está en "nuestra base de datos", la memoria se aplica y se cruza con muchas variables de nuestros sentidos. ¿Tal vez no estamos ni tratando?
Sí, pasa, mucho, y es tremendo. ¡A veces se trata de compromisos laborales! Y no nos conocen tanto como para decirnos: "¡Cabecita de novia!". Lo recordamos cuando miramos el reloj y decimos: "Son las 10. ¿No teníamos algo a las 10?". Eventualmente caemos, salimos corriendo y morimos de vergüenza. Y continuamos comprando una cantidad de regalos a médicos por haberlos dejado plantados -y a las secretarias para que quieran volver a darnos un turno-, en el mejor de los casos. Así, también recordamos los cumpleaños a las 23:59 de la noche, cuando nos queda ¡un minuto! para desearle feliz cumple, y disfrazamos el despiste con un: "Sabía que ibas a estar a full durante el día".
Los expertos coinciden en que la memoria es la que nos organiza la vida cotidiana y nos permite vivir en sociedad al tener un orden: poder cumplir con los compromisos, por ejemplo. Pero, bueno, si justo "esa" partecita viene fallando, por lo menos somos buenas con la guitarra y entrenamos cual buenas políticas. Y en ese caso no tendríamos ni que mentir, porque no recordaríamos qué prometimos durante la campaña.
* Hacé actividades que estimulen la mente, como crucigramas y juegos de tablero.
* Esto ayuda a mantener activas las neuronas en el cerebro.
* Poné tu cartera, tus llaves y otras cosas importantes en el mismo lugar y deshacete del desorden extra alrededor de tu espacio vital.
Poné etiquetas o imágenes en cajones (describiendo lo que tienen) y en teléfonos (con números telefónicos) y hacete listas con lo que tenés que hacer.
* Mantenete físicamente activa.
* Tratá de caminar todos los días 30 minutos y alimentate de forma saludable.
* Reducí la cantidad de alcohol, ya que puede dificultarte recordar.
Experto consultado: Lic.Mariano Di Sabatin (Psicólogo) y .Dr. Carlos Mangone (Jefe de Neurología del Santojani. Presidente del Comité Científico de ALMA).
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