Cada vez que llega noviembre, tengo la misma sensación: que éste, sin duda, es un mes extraño, raro. Un mes en el que las cosas parecieran costar un poco más que en otro momento del año. Un mes en el que estamos cansadas, con el peso del año en la espalda, de todo lo que ya vivimos. Un mes en el que nos cuesta encontrar esa energía que nos ayuda a comenzar algo nuevo o a generar algún cambio grande en nuestra vida. Y aunque nos parezca que ya estamos, que ya todo termina, todavía nos falta un trecho para el brindis, los festejos y, finalmente, las vacaciones.
Pero, por otro lado, noviembre es único y maravilloso, porque es el mes del tiempo lindo, de los días largos y las noches frescas. Hay un clima agradable en el aire; todo se vuelve más liviano. Como si ya no importara tanto. Y entonces, como parte de un ritual, colgamos todas las capas que nos cubrían en el invierno. Empezamos a quitarnos todo aquello que nos estorbaba y empezamos a andar más ligeras.
Es que noviembre es así, un mes bisagra, un mes antesala, el preludio de que algo está por llegar, por cambiar, de que algo termina y da lugar a lo nuevo.
Por eso, la propuesta es ponernos cómodas, muy cómodas, y empezar a fluir. Hacer la plancha sin proyectar, sin imponernos nuevas metas ni obligaciones.
¡Ya hicimos mucho! Ahora es el momento de aprovechar toda esa potencia invertida durante el año para llegar hasta el final. De avanzar con la fuerza del impulso. Pero para eso necesitamos ser conscientes de todo lo que logramos. Confiar en lo que logramos. Darle espacio a todo nuestro esfuerzo y trabajo. No importa lo que nos quedó pendiente. Los mil planes que nunca concretamos. Esa lista llena de actividades y que sigue ahí, mirándonos, pidiéndonos. Tenemos que archivar esa sensación de "no empecé tal cosa" y la frustración por las cosas no resueltas o que no salieron como esperábamos. Tenemos que darle la espalda a la ansiedad. Ya llegarán la nueva agenda, el nuevo año y el tiempo de los proyectos y los objetivos.
Ahora, es tiempo de soltar. De bajar la guardia y permitir que la ola nos mueva despacio. De seguir el movimiento. Sin forzar, sin imponer. Es tiempo de darnos un respiro, y disfrutar de ese balanceo sin culpa ni remordimiento. De dejarnos llevar.
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