Una de mis mejores amigas, que tiene la virtud de reírse de ella misma, dice que padece el síndrome de la ubicuidad: quiere estar siempre en todos lados. Siente que si falta a algún encuentro, se está perdiendo de algo. Si tenemos una comida de amigas, por ejemplo, y ella además tiene un evento familiar, se le complica. No es que no sepa disfrutar del momento, sino que, pese a disfrutar de ese momento, ella querría estar en los dos lugares a la vez.
Lo que le pasa a ella es algo frecuente. Porque tengo otra que adora a su pareja pero dice que si él tuviese un poco más de plata y un poco más de onda, ella estaría más contenta. Y está la que da pelea en el mundo laboral: en cuanto la llaman de un súper trabajo, siente que posterga la maternidad y entra en crisis.
Querer estar en otro lugar, cambiar al novio, comprarse algo que no se tiene. Viajar adonde no se puede ir. Soñar con otro trabajo. Con otra casa. Con más sexo. Es que así funcionamos: deseamos lo que no tenemos.
Mientras definíamos los temas de este número, surgió el tema del deseo, y ahí empezó una discusión interminable. Para unas, el deseo es un impulso fabuloso que nos motiva a actuar, un instrumento para alcanzar un objetivo. Para otras, en cambio, es una ilusión, muchas veces falsa. Es un señuelo que nos lleva a estar todo el tiempo queriendo algo nuevo y diferente. Una de nosotras fue directa y puso un ejemplo simple y muy gráfico: "Es como querer tener una cartera muy cara -dijo-; un buen día, voy al shopping y me la compro. Vuelvo a mi casa, la miro, estoy feliz, tengo la cartera que quería, ¿y ahora qué? Ahora quiero otra".
Después de muchas horas de dar vueltas sobre el tema, en algo coincidimos: el deseo no es ni bueno ni malo. La clave, o el aprendizaje quizá, está en trasladar esa potencia propia del deseo a lo que somos, a lo que tenemos. Ponerle una pausa a la búsqueda constante, a la insatisfacción, a esa necesidad de ir mirando siempre lo de al lado, alertas a cualquier reemplazo.
Es lo que hay, dicen en España. Pareciera resignación. O conformismo. Yo creo que es el camino más corto para empezar a disfrutar. Es desear lo que se es, lo que se tiene, lo que se consiguió con esfuerzo. Es poner ahí el corazón. Seguro que habrá algo mejor afuera. O que nos parecerá mejor. Pero esto es lo que somos, lo que tenemos. En definitiva, lo que elegimos. Desear lo que se tiene.
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