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Un gesto pequeño

La directora editorial de Ohlalá!, Teresa Elizalde, comparte con nosotras una historia de su infancia; "Pienso en mi abuela, en ese gesto de enorme y silenciosa sabiduría que fue colgar ese pequeño poema en la pared de su cuarto"

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La directora editorial de Ohlalá!, Teresa Elizalde, comparte con nosotras una historia de su infancia; "Pienso en mi abuela, en ese gesto de enorme y silenciosa sabiduría que fue colgar ese pequeño poema en la pared de su cuarto"


Cuando era chica, pasaba mucho tiempo en la casa de una de mis abuelas. Me gustaba estar ahí porque era como ingresar a un mundo donde el tiempo se suspendía. Mi abuela era una mujer silenciosa, sencilla. No pedía. Jamás se quejaba. Cuando algo le molestaba mucho, su máxima demostración era mirar al cielo y suspirar con ímpetu. Quizás haya influido en su carácter el hecho de que hubiera venido a la Argentina desde Alemania cuando era muy joven, pocos años antes de que empezara la Segunda Guerra. Lo cierto es que vino forzada por las circunstancias y jamás quiso volver. Y hasta que murió, a sus casi 100 años, siguió hablando con acento alemán y con mucha dificultad para decir algunas palabras.

Había algo en eso, en su modo de hablar, tan fuerte, tan duro, tan particular, que me hacía gracia y me provocaba, a la vez, un amor gigante. O quizá fueran sus ojos, casi grises, casi celestes, transparentes. Puros. Es que mi abuela tenía eso, una pureza increíble para ver las cosas, una cierta inocencia que encandilaba.

Mi abuela tenía colgado en la pared de su cuarto un cuadrito con un poema cuyo título era "Los niños aprenden lo que viven". Decía más o menos así: "Si un niño vive criticado, aprende a criticar. Si un niño vive con odio, aprende a odiar. Si un niño vive con miedo, aprende a ser miedoso. Si un niño vive con alegría, aprende a ser alegre. Si un niño vive con equidad, aprende a ser justo. Si un niño vive con aceptación y amistad, aprende a hallar amor en el mundo".

Pasé infinitas tardes en su cuarto, mientras ella cosía en su máquina con una concentración envidiable. Habré leído ese poema, entonces, una infinidad de veces. Pero siendo yo chica, no me daba cuenta de lo que realmente quería transmitir. Esa cosa de cómo los chicos irrumpen en la vida totalmente en blanco, puros, con la habilidad natural para absorber todo lo que sucede a su alrededor. No miden. No juzgan. Ni siquiera reaccionan. Sólo imitan de manera impecable todo lo que les mostramos. Lo bueno y lo malo. La alegría y el enojo. La aceptación y la queja. La calidez y la hostilidad.

Los chicos tienen la capacidad, además, de mirar sin razonar, sin prejuicios, desconociendo el antes y el después. Para ellos, todo es nuevo. Todo se puede hacer. No tienen una manera de hacer las cosas. Su universo es el de las posibilidades.

Muchas veces, cuando los miro en su total naturalidad, me propongo imitarlos. Al menos por un rato. No crean que lo logro. Es realmente imposible. La mente está tan llena de información que le cuesta mucho el ejercicio de incorporar lo que pasa a nuestro alrededor sin filtros.

Entonces, casi como en un acto de agradecimiento, pienso en mi abuela, en lo que la extraño, y en ese gesto, de enorme y silenciosa sabiduría, que fue colgar ese pequeño poema en la pared de su cuarto.

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