Junto con el verano y las vacaciones, también suele llegar ese tiempo en el que las rutinas y las demandas -que tanto conocemos y que nos proporcionan la seguridad de tener una vida toda prolijita y organizada- no nos exigen tanto. Tenés más tiempo, quizá menos ocupaciones, y entonces te podés dar el lujo de intentar otras rutinas nuevas, brillantes, desconocidas e inexploradas, hasta ahora siempre postergadas porque estabas en otra. "¡Qué bueno, al fin un poco de tiempo para mí!..." Pero no. Lo más probable es que ese vacío que dejó lo conocido sea rápidamente ocupado por una sensación de desconcierto y confusión.
"¿Y ahora qué hago? ¿Cómo me divierto? ¿Miro televisión, leo, tejo al crochet, hago sudokus?" Quizá por la inercia inicial o porque no te bancás el no-saber-qué-hacer intentes retomar enseguida esa versión de vos misma que ya conocés y que hace que te muevas en un territorio seguro, sin peligros.
No te angusties ni te paralices frente al miedo inicial de encontrarte con "otra vos". No huyas del vacío; te proponemos transformar ese primer momento de confusión en una oportunidad para encontrarte con vos misma. Pero no con la que ya conocés, con otra. ¿Pensás que no existe otra versión de vos? Quizás esté ahí, pero nunca le prestaste atención.
El cerebro tiende a construir una identidad, más o menos fija, de acuerdo con ciertas definiciones y variables que te ayudan a pararte frente a vos misma y frente al mundo. Y ahí seguro aparecen un montón de rótulos, de cartelitos identificatorios, de etiquetas autoimpuestas.
"Soy la mejor en lo que hago", "soy soltera", "soy la misma de siempre", "soy la que siempre llega tarde", "soy linda", "soy un desastre de madre". Soy así o soy asá. ¿Por qué no aflojar a ver qué sale? ¿Por qué no dejar de buscar y ver quién aparece pidiendo un poco de atención? ¿Tenés ganas de averiguarlo? Buscá algunas herramientas y prepará tu kit personal.
1. Examina el mapa: reconoce tus dos "yo"
Daniel Kahneman -psicólogo y Premio Nobel de Economía que se ha dedicado al estudio de la toma de decisiones- sostiene la existencia de dos "yo" que conviven en nosotros: un yo-que-recuerda y un yo-que-vivencia. Pero ¿no son la misma cosa? ¿Acaso no recordamos sólo aquello que hemos vivenciado?
La neurociencia ha demostrado que no. La memoria y la experiencia parecen transitar caminos bien distintos en nuestro cerebro. El yo-que-recuerda es un yo consciente (es nuestro viejo y conocido ego), encargado de la administración de nuestros recursos y responsable de la toma de decisiones.
Es esa parte tuya que guarda bajo siete llaves la historia de tu vida, la que te proporciona seguridad porque acumula experiencias y construye su identidad basándose en lo deseado y logrado o no logrado en el pasado. En definitiva, el yo-que-recuerda es un maravilloso contador de cuentos o el director de esa película que elegís proyectarte como tu vida. Porque -tal como hacía el viejo moribundo en El gran pez, de Tim Burton- somos guionistas y elegimos cómo queremos recordar cada hecho de nuestra vida, sin la necesidad de que ambas historias (la real y la que recrea nuestra memoria) coincidan necesariamente.
Y el yo-que-vivencia, ¿qué hace mientras tanto? La respuesta es tan simple como compleja: simplemente vive en un presente efímero. En vez de engancharse con cosas del pasado o proyectar hacia el futuro, es el que se ocupa de obtener los recursos corporales y mentales para "seguir siendo". Ni más ni menos. No para un segundo y está permanentemente teniendo experiencias: va, viene, sonríe, respira, entra en contacto con otros, se mueve, habla, siente.
Es el silencioso, ése que produce más oxígeno si estás corriendo en el gimnasio, el que se ríe a carcajadas cuando alguien le hace un chiste, el que se pone nervioso frente a un examen. El yo-que-vivencia no se conforma con la identidad estática del "yo soy", sino que "está siendo" todo el tiempo. Mutando, cambiando, conectándose con esa infinidad de identidades que nos constituyen, con una experiencia detrás de la otra. Las vive, las siente, las pasa por el cuerpo y chau. C'est fini. La mayoría de nuestras experiencias cotidianas las dejamos ir o directamente no les prestamos atención, y se pierden, víctimas de nuestra ceguera.
¿No sentís a veces que te enroscás con tantos planes, tanta crítica y tanta queja non-stop que la vida te pasa por el costado y ni te diste cuenta? Pareciera que se está diciendo que el yo que recuerda es el malo, pero no es lo que se quiere transmitir. Es, en todo caso, el bueno que ha crecido demasiado; proponemos corregir el estar prisioneras de sus definiciones y proyectos para no quedar estancadas en el "yo soy así" y que podamos entender un "yo ahora estoy siendo asá".
La clave es permitir este juego flexible en el que la memoria y la experiencia se turnan, porque -por más seguro y bonito que sea el sillón en que estás sentada mirando la película de tu vida en un loop interminable- a veces vale la pena levantarte y dedicarte a observar qué más estás siendo, qué otro rol estás jugando además de ser la heroína de tu historia.
No lo olvides: una cosa es ser feliz cuando una vivencia su vida -"qué rica esta comida que me hice para mí sola un sábado a la noche"- y otra muy distinta es cuán satisfecha o feliz se siente una persona cuando evalúa a posteriori cómo fue, es o será su vida -"los sábados a la noche son una tortura china porque mi vida social es nula"-. La historia puede terminar bien o no, pero lo importante es pasarlo bomba mientras dure el rodaje.
2. Sacá la brújula y ubicá tu norte
OK, quizás estés entrando en un territorio desconocido; entonces, lo primero con lo que hay que lidiar son el miedo y la sensación de que el viaje puede fracasar. El yo-que-recuerda enseguida va a querer llevarte por el camino de siempre, pero tené en cuenta que esos proyectos son sólo recuerdos en la pantalla del futuro. En definitiva, otra película más. ¿Vas a permitir que eso te desvíe para siempre? ¿Qué habría sido de Colón si se hubiese rendido antes de emprender el camino? Hay que bancarse esa sensación de no saber, de salir e ir haciendo camino al andar, pero con un norte definido.
¿Ya sabés cuál es ese norte que querés explorar? El norte no es otra cosa que una actitud hacia el contacto con una misma. Si siempre fuiste "la-que-siempre-hace-y-puede-todo", intentá irte para el otro lado y conocer a la otra, "la-que-recibe-y-descansa", o si siempre pensaste primero en los demás antes que en vos misma, orientá tu GPS y buscá ese norte que ahora te conecta con el "ahora primero yo". Caminos sobran, hay miles. La buena noticia es que podés elegirlos: si siempre te quejaste de que sos muy cerebral..., ¿qué pasará ahora si le prestás atención a tu cuerpo? "Uf, re difícil." No te digas que es difícil, es sólo una cuestión de costumbre. Todavía el yo-que-recuerda no tiene una imagen de ese yo nuevo, entonces, te boicotea. Es molesto ese tiempo de no saber, pero todo pasa. Recordá que no hay novedad sin pagar el precio de salir de lo conocido.
Encontrarte con ese nuevo yo es casi como ir a una cita a ciegas con un chico que te presenta un amigo. No sabés nada de él. ¿Qué hacés? Enseguida ponés en marcha un mecanismo social que naturalmente despierta el interés hacia el otro, así como el amor, la aceptación y otras emociones. Querés preguntarle cosas, saber qué piensa, qué siente, mirás la camisita floreada muy noventosa que se puso para la primera cita y decís: "Mmm, bueno, eso se puede mejorar bastante..." -ojo, lo malo también tiene que estar, la clave es no rechazarlo-. Quizá también adviertas que no sabe nada de vinos, pero que si te roza sin querer con el dedo, la sensación te pone la piel de gallina.
¿Qué pasará entonces si ese mismo mecanismo que usamos para conectarnos con otros lo dirigimos hacia nosotras mismas? ¿Cuál será el resultado? Van a existir dificultades, seguramente. Prejuicios, muchos ("¿qué puedo llegar a descubrir de mí misma que a esta altura no sepa?"), críticas de todos los colores ("no vengas ahora a hacerte la espiritual, que te sale pésimo") y también el miedo a entregarnos a la experiencia y animarnos a romper el molde de lo que "somos" -o, mejor dicho, de lo que nuestro yo-que-recuerda cree que somos- e intentar ese "ir siendo" mutante y sensorial que propone tu yo-que-vivencia, y que espera agazapado a que le des un poco más de bolilla. Intentalo, aunque seas torpe al principio. Ponele "pausa" a la película y animate a enriquecerla.
3. Toma pinza y destornillador: deshace a ese "yo" que no va más
Yo, la solterona. Yo, la inconstante que abandona el gimnasio al segundo día. Yo, la más inteligente de la empresa. Yo, la nenita de mamá que no puede resolver nada sola. Yo, la que no hace nada importante de su vida. Yo, la que consigue todo lo que quiere. Yo, la amarga que no sale nunca. Yo, la que no para un minuto. Yo, yo y más yo. Qué cansador escuchar siempre lo mismo...
Para no sentirte presa, hay que echar mano del destornillador y, despacito, ir desarmando todo lo que tu conciencia cree que sos. La clave está en dudar de todo lo que sea cierto. Ya viste mil veces esa película, te encanta y sabés los diálogos de memoria, entonces, por qué no decirte: "OK, ya sé que sos inteligente, eficiente, divina y bla bla..., pero hoy no, me aburriste". Eso te abre a una actitud de exploradora, mucho más juguetona y dispuesta a afrontar lo que venga.
Vas a necesitar también la pinza, porque lo que creés de vos misma está arraigado con mandatos, con años de repetirte como un mantra que eso no es para vos, que no podés o, por el contrario, que sos la mejor, que así como estás, tu vida marcha lo más bien y no necesitás nada nuevo. Con la ayuda de estas herramientas, vas a poder enviar las críticas, las culpas acumuladas y los éxitos del pasado a la papelera de reciclaje. Para conectarte con vos, necesitás fabricar confianza, compasión y gratitud, tres emociones básicas para encarar lo desconocido.
Cambiá el discurso mental y recordá el poder de la mente, que es capaz de transformar tus acciones modificando tus pensamientos al respecto. La base para que el encuentro con una misma sea una buena cita es la aceptación y la no crítica, para no juzgarnos y darnos palazos cada vez que las cosas no salen tal cual las habíamos imaginado.
4. Lleva linterna e ilumina al "yo" que queres
Si ya le diste vacaciones a tu ego, es hora de tomar una linterna e iluminar a ese "yo" que elegiste fortalecer y explorar. Y lejos de que esto sea una serie de cosas inasibles e impracticables, hay mucho que podés hacer en el día a día para "ir siendo" y dejar de lado ese corsé de insatisfacciones, críticas y miedos que te tiene presa. Ponete metas muy cortas y avanzá iluminando -esto es, observando- cada nuevo paso que das y las sensaciones que te provoca. Empezá a "gerundiarte" más. Recordá que, al igual que sucede en el lenguaje, el gerundio se enfoca en el desarrollo del momento vivo, en lo que no está terminado, en lo que está sucediendo simplemente aquí y ahora. Si prestás atención al presente, ahí vas a descubrir a tu yo-que-vivencia, lleno de novedades sobre vos misma.
¿Escuchaste hablar sobre mindfulness? Es una herramienta empírica que usa algunos conceptos de la meditación y el budismo para conectarte plenamente con lo que te está pasando. ¿En qué se basa? Si tuviéramos que definirlo con pocas palabras, los pilares para la práctica de mindfulness son la autoobservación -esto es, detenerte a contemplar tus sensaciones, pensamientos y emociones sin emitir juicios de valor sobre ellos, sino simplemente aceptándolos- y la autorregulación a través de la respiración consciente, que logran que esa misma conciencia vaya contagiando de una manera progresiva y serena el resto de las funciones corporales.
5. Martillo y clavos: conectate con tu cuerpo
Y si pensabas que esto era una especie de viaje mental, forget it. El cuerpo no se queda fuera de este proceso y nos envía señales permanentemente para que lo escuchemos. ¿Y qué pasa? "Ah, mmm, sí, tengo un poco de taquicardia, pero ya se me va a pasar..." o "siempre me broto toda en esta época del año, debe ser el calor...". Entonces, le dejamos el trabajo a nuestra mente, y ella enseguidita se encarga de elaborar argumentos sobre lo que nos pasa.
Claro que, a veces, también nos hacemos las sordas a propósito, porque nos conviene, y también porque el lenguaje avala esa dicotomía que separa el cuerpo del alma. El cuerpo es el templo sagrado del yo-que-vivencia, y hay que animarse a entrar más seguido; está comprobado que aquello que nos sucede a nivel físico repercute en el alma y viceversa. Nuestra estructura biológica necesita que aprendamos a escucharla, que apaguemos un ratito a la mente charlatana y decodifiquemos sus mensajes. De esto habla Antonio Damasio, el neurólogo de origen portugués, en su libro Sentir lo que sucede. Esa conexión con tu cuerpo también va a formar parte de tu nuevo "yo", porque las noticias que él te envía constituyen la base de la sensación de quién estás siendo.
Por ejemplo, estar enfermas o cansadas inmediatamente construye mensajes negativos del tipo: "Soy un asco, no sirvo para nada", mientras que cuando bailamos o hacemos actividad física, aunque sea durante los 3 o 4 minutos que dura una canción, apostá a que cuando esa canción termine, vas a sentirte mucho mejor, con más energía y satisfecha con vos misma. El yo-que-recuerda te va a querer hipnotizar y hacer creer que vas a ser feliz si conseguís ese aumento en tu trabajo o si te levantás a ese chico que te gusta. Pero no.
Por eso, callá a la verborragia mental y escuchá al sabio que vive en tu cuerpo. Registrá y observá tu estado de ánimo. Reconocé la posición de tu cuerpo. ¿Estás torcida? Enderezate, eso te da poder y propicia sentimientos de confianza y seguridad para afrontar cualquier desafío. ¿Tenés el ceño fruncido, los labios apretados? Ensayá estar todo el día con una sonrisa exagerada de oreja a oreja y vas a notar que después de un ratito de estar así, sonriente, ese estado te penetra y te cambia el humor para todo el día.
Otro ejercicio para arrancar el día bien sintonizada: apenas te despertás -y antes de que la mente arranque con la listita de las obligaciones del día-, tomate 2 minutos por reloj (imposible poner excusas) para sentirte. Observar la respiración, el tono muscular de cada parte del cuerpo, la temperatura, las sensaciones del contacto de nuestra piel con las sábanas, etc. Es una rutina que puede alinearte y hacerte recordar que todos los días, a cada rato y en las situaciones más insignificantes, podés sacarle el jugo a la experiencia de ir siendo vos misma. Jamás vas a aburrirte.
Por María Eugenia Castagnino
Foto de Joakin Fargas
Producción de Maca y Xime Ibañez
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