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Dejate invitar

Te proponemos bajarte del rol de súper woman y descubrir la generosidad de recibir; cómo separarnos (aunque sea por un rato) de esa "mujer canchera-autosuficiente-libre e independiente"

 
 

 


Seguramente la que tuvo la culpa haya sido esa que se animó a sacar la billetera por primera vez. ¿Quién fue esa que dijo: "Yo también trabajo, tengo plata y puedo pagar per-fec-ta-men-te la mitad de esta cena, de este helado de chocolate, de este telo"? Claro, nuestras abuelas se horrorizarían al descubrir que, en la dinámica de las citas "made in siglo XXI", que un tipo te invite (monetariamente hablando) quedó un poco demodé.

¿Por qué? Porque vivimos una época muy distinta a la de las abuelas, en la que hemos luchado para reivindicar la igualdad de la mujer en muchos aspectos, y ese impacto contagió todo el resto de las esferas de la vida y logró que se nos haya vuelto casi imposible separarnos (aunque sea por un rato) de esa "mujer canchera-autosuficiente-libre e independiente" que supimos conseguir.

Y entonces, algo tan sencillo como una simple invitación en una primera cita se convierte en un escenario en donde se juega algo más que saber si le gusta la comida asiática, si sabe elegir bien un vino, si es amante del cine-arte o prefiere el pochoclero. Es un momento casi de duelo: la billetera se transforma en un arma de doble filo, que puede derretirte de amor o hacerte salir corriendo. O mucho peor: crear situaciones confusas, enroscarte con discusiones ad infinitum del tipo "pago yo; no, dejá que pago yo y la próxima me invitás vos..." o dilemas del tipo "¿meto la mano en la cartera o no da?".

¿Te suena? Y ahora, preguntate: ¿qué pasaría si aflojáramos con la pose de Paganini por un rato y le hiciéramos caso a la abuela? ¿Serías capaz de animarte a quedarte quietita y sin mover un dedo cuando ves venir al mozo con la cuenta? Animate a probarlo, puede estar buenísimo descubrir la generosidad del recibir...

¡Basta de demostrar!

¿No es acaso un feminismo de cotillón ese que hace que te sientas disminuida o débil si un hombre te invita? Algunas van a decir que les hiere el orgullo; otras, que sienten que si un hombre demuestra su poder a través del dinero, ellas quedan "debiéndoles algo". ¿No te pueden invitar porque sí, sin que vos tengas que entregar algo a cambio? La sociedad actual ya ha demostrado con creces que podemos asumir e intercambiar roles con los hombres: hoy, nosotras dirigimos empresas y ellos participan activamente en la crianza de los hijos, así como también nosotras tomamos clases de boxeo y ellos de yoga. Desde el vamos, los roles clásicos están mutando, todo el tiempo.

Y cada día se alejan más de los estereotipos. ¡Pues brindemos por eso! Pero tampoco nos enrollemos tanto con los roles y, de repente, nos vayamos de mambo, al punto de no permitirnos revelar un costado más débil (pero no por eso menos poderoso) que tiene que ver con la disponibilidad para recibir, para sentirnos cuidadas y agasajadas por un hombre. Y olvidate: ¡no te van a tildar de amarreta si no amagás con la billetera!

Back to basics

¿Viste que en la moda todo vuelve? ¿Que hoy te ponés un vestido floreado de tu abuela y de repente sos hippie-chic? Con las relaciones pasa un poco lo mismo: el exceso de modernidad a veces necesita un back to basics. ¿O acaso no pedimos a gritos que un hombre nos llame por teléfono para invitarnos a salir en vez de mandarnos un mensaje de texto al celular que dice "Ns vems hoy en ksa?". OK, el mensajito es cómodo, pero un llamado por teléfono cada tanto también es un gesto de cuidado, de registro del otro.

Y dejando de lado la cuestión material, una invitación es un mimo, aunque haya dinero de por medio. Te permite sentirte "cuidada" y te pone en un lugar en donde hay alguien que se está ocupando de todo. ¿No está buenísimo? Después de estar tapada de obligaciones y responsabilidades, ese lugar de relajo te conecta con lo más vital de la energía femenina y le permite al hombre asumir su rol con más claridad.

Primera cita: el día $

No vamos a generalizar -porque a los llamados hombres Peter Pan no les pasa-, pero a la energía masculina le encanta sentirse protectora. Ese gusto por invitar y proveer también forma parte de este ritual de cuidado. Y si en esas primeras salidas -en las que además de demostrar que le gustás, vos estás definiendo qué tipo de hombre tenés enfrente- vos accedés a que él pague, estás decidiendo renunciar a tu propio poder (total, vos ya sabés que lo tenés) y elegís ser testigo del poder del otro. ¡Es como sacarle un certificado ISO de hombría automáticamente! Además, para ellos, el sexo y el poder suelen estár íntimamente relacionados.

Por otra parte, está demostrado que un hombre "proveedor" es un hombre que se siente más seguro y confiado en su propio poder. Y hete aquí la buena noticia: estas sensaciones de bienestar repercuten (positivamente, obvio) en su virilidad, de modo que... ¡los mimos siguen toda la noche! ¡Oh, baby, yeah!

¿Cuidado o libertad?

Y entonces, ¿está mal si no te gusta que un hombre te invite y te pague? No. Si sos de las que eligen sacar la billetera siempre -y bajo cualquier circunstancia-, el mensaje también es muy claro: "No te dejo que inviertas en mí porque yo soy l-i-b-r-e". Así como cuando permitís que él saque la tarjeta de crédito le estás diciendo: "Cuidame que me gusta", también la mujer que paga obtiene el beneficio de la libertad, una especie de "no te comprometas, bombón, que soy free as a bird".

Flexibilidad: el justo equilibrio

Nadie te dice que vas a ser más "flojita" si un día ni te inmutás cuando el mozo trae la cuenta. En el mundo en que vivimos -excepto que tu pareja sea Rockefeller-, en algún momento llegará la hora de repartir gastos, o hacer un fondo común. Lo ideal es no construir reglas estáticas en la pareja, sino que puedan ir mutando, con flexibilidad tanto para ellas como para ellos. Hoy puede invitarte él y quizás otro día vos tomes la iniciativa y lo sorprendas con una invitación a la que él no podrá resistirse (¡ni pagar!).

El nuevo feminismo tiene un poco de todo: de mujeres que tienen "los pantalones bien puestos" pero que, de vez en cuando, también aman ponerse un lindo vestidito, caminar del lado de la pared y que les abran la puerta del auto. Aparte..., ¿no estarían chochas nuestras abuelas?

Por María Eugenia Castagnino
Ilustración de Ariel Escalante

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