Me gusta despertarme temprano los fines de semana (cuando me duermo temprano la noche anterior, claro) y sentarme en la mesa de un bar a leer todos los diarios. Todos. Y después como recompensa todas las revistas de chimentos. Me dí todos los gustos, todos menos las medialunas; pura fruta y cereales. Ni yo me reconozco. Habrá que ver cuánto me dura.
El sábado vi departamentos todo el día. ¿Doscientos? Me deprimí. No vi nada que me haya gustado y no sólo eso, sino que concluí que no tengo capacidad de imaginación a futuro. No le puedo ver el potencial a las cosas, ver más allá de lo que veo. En cada casa a la que entro siento que debería arrasar con todos los muebles, entrar los míos, arrancar los inodoros marrones, los muebles de fórmica naranja, los empapelados de flores, las alfombras azul francia, pintar y recién ahí concluir si es un lugar en el que puedo vivir o no. Imposible, claro está, por lo que ahora he tomado la decisión de ir acompañada cada vez que vaya a ver un departamento. Me declaro incompetente. Necesito alguien que mire y diga si algo vale la pena o no. Yo no me puedo reponer a sillones de animal print rosados (lo juro) y baños en tonos de marrón.
Por ahora sin suerte inmobiliaria.
Buena semana para todos.
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