Hay un tema recurrente en los mails que nos llegan al correo de lectoras y en la sección "Contanos tu historia". Todas cuentan cómo "él" las dejó, cuando "él" las engañó, el día que descubrieron que "él" no las amaba más. Siempre es él, él, y él. Me pregunto cuál sería el tema que lidere un correo de lectores masculino. ¿El fútbol? ¿El trabajo? ¿Las minas? No las mujeres sino "las minas" (esas con las que tanto se ratonean pero después -vaya una a saber por qué- no eligen para compartir su vida). O quizá sí son las mujeres, pero me cuesta imaginar a un hombre escribiendo un mail a una redacción contando lo destruido que está porque ella lo dejó. Prejuicio mío, tal vez: perdón, señores.
Pero volviendo a los correos electrónicos, también está el plus de dolor: "estoy mal por él", "no sé cómo vivir sin él". Parecería que cuando tenemos un mal de amores, todos los aspectos de nuestra vida se tiñen de gris y nos paralizamos. El hombre puede estar con el corazón hecho trizas y seguir con su vida: picadito, salidas, más horas de trabajo... Hacer, hacer y hacer. No es que no sientan, simplemente así son, así funcionan. Y nosotras somos y funcionamos distinto: necesitamos tener nuestra relación amorosa en orden para prender el motorcito de la vida.
¿Cuántas veces le dijiste a una amiga: "Pero si sos mona, copada, inteligente... dejate de joder, ya vas a encontrar a alguien que te quiera de verdad"? Yo creo que repetí esta frase millones de veces. Porque tengo amigas monas, copadas e inteligentes que se derrumban cual bolsa de arroz en el piso cuando tienen una pena de amor. Y es la típica: si una está fuera del problema, lo ve todo clarísimo y cuesta entender cómo la otra no se da cuenta. Ella que es fuertísima para todo, ¿cómo se dejó caer así por un hombre?, pensamos.
Es que podemos ser réplicas de la mujer maravilla (¡hasta ponernos el bombachudo azul con estrellas y todo!), criar cinco chicos, trabajar doce horas por día... pero cuando tenemos un mal de amores, toda la fuerza se nos escurre. ¿Qué hacer entonces? No lo tengo muy claro, pero creo tener una pista: reconocer nuestro poder interno.
Hoy justamente me llegó un mail con una entrevista que le hicieron a la Abuela Margarita, miembro del Consejo Internacional de las 13 Abuelas Indígenas, de origen chichimeco. Le preguntaron "cuál es la misión de la mujer" y ella contestó: "Enseñar al hombre a amar". Lo más interesante es que tenemos que enseñarles cambiando, primero, nosotras. ¿Cómo? Reconociendo nuestra propia sacralidad. "Cuando el hombre aprenda a amar tendrá otra manera de comportarse con la mujer. Debemos ver nuestro cuerpo como sagrado y saber que el sexo es un acto sagrado, ésa es la manera de que sea dulce y nos llene de sentido. La vida llega a través de ese acto de amor. Si banalizas eso, ¿qué te queda? Devolverle el poder sagrado a la sexualidad cambia nuestra actitud ante la vida. Cuando la mente se une al corazón, todo es posible."
Entonces, chicas, reconozcamos nuestro poder sagrado, a la diosa interna que vive en cada una de nosotras, y salgamos a vivir la vida. Hay muchos hombres dispuestos a aprender.
Cariños,
Felicitas Rossi, Directora Editorial
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