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Ensayar la maternidad

Felicitas Rossi, Directora Editorial de OHLALÁ!, reflexiona sobre el rol de los hermanos mayores. Leé el editorial y dejá tu opinión.

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Había arreglado con mi hermano menor que pasaba por su trabajo a buscar una laptop que él iba a configurarme. Llegué en taxi y, desde la puerta, le mandé un mensaje de texto. Al rato, bajó corriendo: "Perdoname, pero justo estoy en reunión con mi jefe", dijo mientras apoyaba la compu y algunos cables en el asiento trasero. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba entrando en el edificio de la empresa en que trabaja. "Pero si a este mocoso yo le cambiaba los pañales, y ahora sale hecho un techie boy, hablando de un jefe", me quedé pensando.

No es que lo haya dejado de ver por un tiempo, ni que no supiese que trabaja desde hace varios años. Pero ese día me cayó la ficha: mi hermano -y hago un esfuerzo terrible para no decirle mi hermanito- ya es un hombre. Ni les cuento lo fuerte que fue cuando, días después, anunció que se iba a vivir solo. Alquiló su primer departamento en pleno Centro, lo decoró, le puso su sello y nos invitó a mí y al resto de mis hermanos a comer unas pizzas.

Es que los hermanos menores son como hijos prematuros que nos da la vida. Es ensayar con personas de carne y hueso el rol materno. Se despierta una sensación de cuidado infinito, de responsabilidad pura, de amor eterno.

Todavía hoy me acuerdo de la primera vez que alcé a mi hermana menor. Yo tenía 6 años y piquito, era la última mujer de cuatro hijos, y ella venía a terminar mi reinado. Como debe ser, me mataban los celos. Pero mi mamá me la dio para que le hiciera upa, y cuando la tuve en mis brazos, sentí quererla con locura. De ahí en más, le hice la vida imposible, y mientras escribo este editorial, me llega un mail suyo en el que me cuenta con tanta madurez un proceso que está viviendo que digo: "Pucha, qué mujer increíble". Así son los hermanos menores, una fuente infinita de oxitocina, una oportunidad para abrazar la vida desde la niñez.

También fue un flash cuando vi por primera vez a mi otro hermano menor vestido de traje para ir a trabajar. O cuando sentó a su novia en la mesa familiar. Quedaron grabadas en mis células las emociones que sentí al descubrir que ya no eran más mis "hermanitos". Son adultos dispuestos a bailar la danza de la vida.

Ojalá vos también puedas disfrutar tanto como yo de tus hermanos menores. Y si la vida no te los dio, siempre tenés la opción de elegirlos. Darte la oportunidad de descubrir a un ser para cuidarlo es simplemente maravilloso. Para vos y para el otro.

Cariños, Felicitas
Directora Editorial

 
 
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