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Número 22 - Enero 2010

Felicitas Rossi, Directora Editorial de OHLALÁ!, reflexiona sobre aquellos momentos en los que nos sentimos perdidos. Leé el editorial y dejá tu opinión.

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Éramos cerca de ochenta personas; llegamos, dejamos los autos y nos adentramos en las sierras caminando. Había un guía, y todos nosotros íbamos detrás. Yo iba charlando, distraída, renegando del peso de mi mochila. ¿Por qué siempre cargo tanto? Finalmente, era un campamento... No había necesidad de llevar tanta cosita... Pero bueno, así somos las mujeres, pensé. Siempre cargamos de más.

Caminamos un par de horas por un campo abierto, enorme, con desniveles, sierras, un arroyo y pequeños ojos de agua. No había nadie. Ni marcaciones ni huellas ni portones..., nada. Las sierras y nosotros. Por suerte, el guía conocía muy bien el lugar y eligió un sitio privilegiado para acampar.

Luego de unos días increíbles, llegó el momento de regresar. Cuando estábamos por partir, descubrí que había perdido mis anteojos de sol. Como ya estaba lista y había varios que todavía tenían que terminar de desarmar sus carpas, partí hacía una pequeña cascada donde, suponía, se me habían caído. Tardé un rato, no recuerdo cuánto –hace años que no uso reloj–; cuando regresé al campamento, estaba todo levantado, no había nadie. Sólo quedaban rastros del fogón de la noche anterior. Ni siquiera estaba mi mochila.

Empecé a caminar para donde pensaba que estaba la "salida". Caminé, caminé, caminé y nada. Decidí volver al campamento; seguro que era un chiste y estaban todos escondidos detrás de los árboles. ¿Cómo se van a ir sin esperarme? ¿Acaso el guía no sabe que es su deber contar a los integrantes que tiene a cargo y si falta alguno, esperarlo? En eso, vi una casita blanca, precaria, en el medio de la nada. No recordaba haberla visto antes. Me acerqué. En la galería del frente, había una mujer parada. Me dijo que el grupo había pasado hacía un rato, que me apurara así los alcanzaba. "Pero estoy perdida –le dije–. No me doy cuenta de para dónde tengo que ir." "Es imposible que te pierdas –decretó–. Sólo tenés que escuchar el agua para encontrar el arroyo, bordealo hasta llegar a un puentecito y cruzalo. En tu mejilla derecha, siempre te tiene que pegar el sol." Mientras me decía esto, me agarró del brazo y me llevó hasta lo que se suponía era "el camino". No era un camino convencional, ni siquiera tenía el pasto gastado. Ahí me dejó y se fue. Empecé a caminar. Todo era igual: pasto, árboles, pastizales, pasto, árboles, pastizales.

Seguí hasta que el camino se abrió en dos. ¿Por dónde agarro? ¿Derecha o izquierda? Corazonada: izquierda. Me convenzo de que estoy OK. Sigo caminado. Todo es igual. Tengo calor. Me pican los mosquitos. No tengo Off. Tengo hambre, no sé qué hora es. Me siento desnuda sin mi celular. Acelero el paso. "Cuando llegue, mato al guía, que me devuelva la plata, cómo se va a ir sin mí", pienso. Tengo el jean pegado a las piernas, siento calor, mucho calor. Estoy de mal humor. Perdida y de mal humor. Me siento enojada conmigo y con el mundo entero. La sensación es fea.

¿Cuántas veces nos perdemos en la vida? ¿Cuántas veces no escuchamos el agua del arroyo que nos dice: "Es por acá"? ¿Cuántas veces depositamos en otro la responsabilidad de marcarnos nuestro camino? ¿Cuántas veces tenemos dos datos fundamentales para avanzar y, sin embargo, en vez de usarlos a nuestro favor, compramos más y más libros de superación personal en busca de la respuesta?

Me detuve. Me quedé sentada un rato. El silencio era total. Me olvidé del calor y de todas mis quejas. Y ahí surgió con fuerza el sonido del arroyo. Lo encontré, lo bordeé y llegué a destino. Y no sólo eso: en el último tramo, me encontré con tres personas que también estaban perdidas y pude guiarlas.

Sólo era cuestión de aquietar la mente y escuchar mi voz interior.

El desafío, queridas chicas, es reencontrarse, no importa cuántas veces perdamos nuestro rumbo.

Cariños,
Felicitas Rossi, Directora Editorial

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