Las serpientes cambian de piel a medida que crecen, lo hacen de un tirón: como si te sacaras un guante de la mano o una media del pie. Crecen y cambian. Punto. También lo hacen para curar heridas y limpiarse de los parásitos externos. Ojalá para nosotras también fuera tan fácil quitarnos de encima lo que ya no necesitamos, lo que nos hace daño. Dejar atrás viejos hábitos que no suman, sino que restan (y mucho). En el fondo, sabemos cuando una relación no da para más, cuando un trabajo cumplió un ciclo o cuando una amistad se terminó. Y sin embargo, y a pesar de que lo sabemos, seguimos insistiendo. Confiamos en que todo va a mejorar. Es válido el intento: tratar, tratar, tratar y seguir tratando. "Quiero darle otra oportunidad y ver qué pasa"; "No quiero tomar la decisión sin haber agotado todos los recursos". Siempre hay excusas para no animarnos a lo que viene, para quedarnos en el círculo del confort y la seguridad, saltar esa valla da vértigo. De sólo pensarlo, nos duele el cuerpo, llegan los ataques de pánico, las tortícolis... Pues bien: inhalemos, exhalemos y a dar el salto.
Amo una frase que alguna vez le escuché decir a alguien (y no recuerdo a quién): "Para saltar, hay que soltar". ¿Cuántas veces quedamos atadas a algo o a alguien que sólo nos impide seguir creciendo? Porque, no importa la edad que tengas, crecer duele. El cambio duele.
Inés Dates –nuestra psicóloga de cabecera para los temas de la sección "Calidad de vida"– tiene una anécdota que me encanta: hace un tiempo, fue a comer con un matrimonio amigo. Durante el viaje, la mujer no paró de contarle las ganas que tenía de separarse de su marido –sin que él escuchase, claro–, que ya no lo aguantaba más, que la controlaba todo el tiempo, que quería tener una nueva vida y que bla, bla, bla. Cuando se sentaron a la mesa y el mozo acercó el menú, ella le susurró a Inés: "Voy a pedir ravioles a los cuatro quesos". Al rato, el marido dio por sentado: "Para vos, canelones de verdura, como siempre, ¿no?". Y la mujer contestó: "Sí, lo de siempre". Entonces fue cuando Inés le dijo: "Antes de dejarlo y soñar con cambiar toda tu vida, ¿por qué no te vas pidiendo los ravioles a los cuatro quesos?".
La anécdota es chiquita, pero muestra cómo, a veces, al añorar las grandes revoluciones nos olvidamos de sacarnos pielcitas que nos pican. O cómo le entregamos a otro el hacerse cargo de nuestra propia felicidad. Tenemos una responsabilidad para con nuestro futuro. No vale hacerse la distraída; hay que sacar "pechito" y ser valientes. No podemos detener el crecimiento, tenemos que sacarnos esa piel que ya no nos sirve más... igual que las serpientes. Y empezar hoy, con lo que sea (pidiendo los ravioles, por ejemplo). Dejemos de "acomodarnos" la piel en lugar de cambiarla: "Estiro un poquito de acá, otro de allá y aguanto un año más". La serpiente, gracias a su renovación constante, se convirtió en símbolo de salud para la medicina. Y vos, ¿en qué te querés convertir?
Cariños!
Felicitas Rossi, Directora Editorial
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