Hay un hombre llorando en la puerta de mi casa. Está apoyado en el árbol de la vereda y llora.
"Señor, ¿está bien? ¿Necesita algo?", pregunto a través de la ventana."Yo nací ahí, en su casa, y en este árbol murió mi hermano."
Me quedo muda. No sé cómo reaccionar. Sin pensarlo demasiado, lo invito a pasar.
Lo miro. Tendrá unos 80 años: "Cumplí 78 hace dos meses", me dirá después. Viste ropa de gimnasia: short blanco, medias tres cuartos de esas que supieron tener elástico, unas zapatillas Ellesse que, sin duda, fueron fabricadas en los 80 y una chomba Lacoste bastante reciente. Regalo de algún nieto, pienso.
Dejo de pensar porque el señor me habla: "Acá donde tenés el living era mi casa. Mi mamá parió a todos sus hijos en este lugar. Somos cinco. Eramos cinco. Ahora soy yo. Los demás ya se fueron todos. Uno se fue temprano. A los 9, se fue. Cuando se cayó del árbol que tenés en la puerta. Cayó y quedó frito. Todos pensamos que nos estaba cargando. Manolo, el hijo del gallego Fernández, del almacén de la vuelta, fue el que se dio cuenta. ‘Está muerto’, dijo. Y estaba muerto".
"El almacén no está más –le cuento–, pusieron un supermercado chino, I Love You." Qué comentario estúpido, pienso. Me habla de la muerte de su hermano y yo, del supermercado. ¿Qué hago? Le ofrezco recorrer la casa. El señor me sigue. "Este es el comedor diario", digo. "Esta era la habitación de los Ferrari", dice él. "La cocina la modifiqué un poco", empiezo a explicarle. "Acá no había ninguna cocina, estaba la habitación de la Polaca; ella era inquilina de los Ferrari. Pagaba por la pieza y decía que tenía un taller de costura. Tenía cara triste, la Polaca. Todos decían que era yiro. Y era. Pero de las que trajeron engañadas: las mandaban para acá en barco prometiéndoles trabajo seguro. Y cuando llegaban al puerto de Buenos Aires, había un mal nacido de la Zwi Migdal esperándolas."
Seguimos recorriendo la casa mientras él la llena de historias: de cuando Crámer se llamaba San Lorenzo y La Pampa, Moreno. De las tardes en bicicleta. De cuando se escapó a ver boxeo al Luna Park y su viejo le dio con el cinturón: "Por mentiroso y para que tengas"; de Perón y la Plaza de Mayo en octubre del 45, cuando él todavía era un pibe y su única preocupación era llegar de punta en blanco a los bailes que se organizaban en ese salón –que ahora, pucha, no puede recordar el nombre– cerca de la estación de tren de Belgrano. Y de las fiestas de Carnaval, donde conoció a Beatriz, la madre de sus hijos y ya no más su mujer porque ella decidió que lo mejor era separarse. "Nunca la tendría que haber dejado ir", dice, y sus ojos de 78 se llenan de brillitos. "Viejo y boludo", se disculpa.
Su visita duró apenas unas horas. Fue una suerte de abuelo a domicilio que sacudió una tarde cualquiera de mi vida. Nunca más lo volví a ver.
Hay un hombre llorando en la puerta de mi casa. Está apoyado en el árbol de la vereda y llora.
"Señor, ¿está bien? ¿Necesita algo?", pregunto a través de la ventana."Yo nací ahí, en su casa, y en este árbol murió mi hermano."
Me quedo muda. No sé cómo reaccionar. Sin pensarlo demasiado, cierro la ventana.
¡No vaya a ser cosa que sea un chorro!
¿Cuál de las dos historias es la real? La inseguridad tiene la respuesta.
Cariños!
Felicitas Rossi, Directora Editorial
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