"Los hijos siempre traen lo nuevo", disparó Soledad Villamil, nuestra chica de tapa de este número, en el medio de la entrevista. Y la verdad es que esta frase me pareció genial. Simple, concreta, "redondita". ¿Por qué traen lo nuevo?
Porque eso de que son los mejores maestros es muy cierto. Suelen aportarnos grandes enseñanzas. En realidad, son "grandes" cuando miramos hacia atrás, hacia el pasado, se complica comprender la magnitud del mensaje en el momento presente. "Sabés cuánta agua ahorraría el planeta si vos no gastases tanta para lavar los platos", me dijo una vez mi hija. Me costó acostumbrarme, pero ahora uso menos de la mitad. Otra vez me hizo un dibujito con la siguiente frase: "Mamá, te quiero mucho, pero dejá de fumar que te vas a morir de cáncer". Cinco años después, entendí su enseñanza. Mi otra hija me dijo una vez: "Está bien, está bien, retame sin gritar, que te entiendo igual". Ahora las reto sin gritar (bueno, no siempre...).
Porque nos invitan a dejar lo viejo. A deshacernos de antiguas estructuras, modos de pensar que caducaron... formas de crianza que heredamos de nuestros antepasados y que deberían pasar a la papelera de reciclaje. "¿Viste que mi generación vino a enseñarle a la tuya a cuidar el planeta?", me interpeló mi hija menor un día que osé tirar papel al tacho de la basura "común".
Porque nos entrenan para vivir en el cambio constante, y así es imposible aburrirse. Desde que nacen, ningún día en su vida –ni en la nuestra desde que somos padres– será igual al otro. Una mueca nueva, un diente, una palabra, una pirueta, el abecedario de corrido, el jardín, el primer día de clases... Cambios, cambios y más cambios. "¿Para qué compraste Coca-Cola y me hiciste una chocotorta? ¡Es un preboliche, ma!" Fuerte, muy fuerte.
Porque llenan de vida cualquier ambiente y producen un contagio emocional positivo.
Porque nos preguntan sobre nuestras emociones y, sin darnos cuenta, terminamos hablando sobre ellas (lo cual es genial porque produce un efecto sedante sobre el sistema nervioso central, qué dato, ¿eh? ¿Lo sabían?). "¿Te separaste porque ya no tenías de qué hablar?", me preguntó de buenas a primeras la hija de una amiga.
Porque no tienen problema en decir genialidades. "¿Para decir la verdad hay que mentir?", preguntó en voz alta el hijo de una amiga luego de que ella lo retara por decir que no se quería atender con una pediatra porque no le gustaba su cara.
Y porque –para qué negarlo– ¡son morfables!
¡Feliz día del niño para todos los futuros ohlaleros y ohlaleras!
Cariños,
Felicitas Rossi, Directora Editorial
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